domingo, 25 de octubre de 2015

Volver a verte.


Equipaje- Cristobal Toral
Todo está empaquetado y las cajas se apilan en las habitaciones.
—Reliquias de unas vida que irán a parar a un trastero, según les oí comentar a los chicos. ¡Qué más da! Tanto la casa como lo demás dejarán de ser míos muy pronto. ¿Qué importan unos cuantos cachivaches comparado con todo lo que atesoro en mi memoria?Ese trastero sí que está lleno y se viene conmigo.
Después de dar una vuelta por las habitaciones vacías, coge un vaso de agua y las pastillas de la cocina y se dirige al salón.
—Esperaré a que vengan a por mí. No creo que tarden.
Colocó el vaso sobre la mesita de madera envuelta en una manta y preparada para la mudanza. El sofá se quedaba, llevaba demasiados años a cuestas y no le interesaba a nadie. Miró la librería que ocupaba la pared frente al sofá, hecha a mano. Esa tampoco iba a ninguna sitio.
Mi Juana la vio en una revista y con el recorte nos fuimos al carpintero. Era exacta a la del modelo. Nos costó más de cincuenta mil pesetas de entonces, pero ella se lo merecía todo. El mueble, ahora vacío,  no hace mucho estuvo repleto de libros, fotos, recuerdos…
Al lado del sofá, los de la mudanza habían dejado una caja abierta. Dentro, los álbumes donde se guardaban las instantáneas de de sus vidas. Miró hacia la puerta del salón y sonrió.
—¡Estás aquí! Siéntate cariño, todavía es pronto. Echemos un último vistazo antes de irnos. Eras una buena fotógrafa, sabías cuando pulsar al disparador para conseguir la toma perfecta. ¡Aquellas tardes invernales sentados a la mesa camilla! Mientras yo leía, tú colocabas y ordenabas los álbumes. «Nadie podrá decir que no existimos. Estoy dejando un rastro de nuestro paso por el mundo.» Sí, esa era tu respuesta cuando yo te decía que para que te molestabas, si nadie se interesaba por ellos.
Pasó un par de páginas repletas de fotos. Se detuvo ante una.
—Mil novecientos sesenta y tres. Aquí estamos delante de nuestro primer coche, recién salido de fábrica: Un 600 de dos puertas modelo D. No nos poníamos de acuerdo a la hora de elegir el color y al final lo compramos blanco, como tú querías. Te dejé ganar, como siempre. Las veces que te he llevado la contraria era solo para pincharte. Jamás me hubiera perdonado ser el causante de que se derramara una sola lágrima de esos preciosos ojos. «Ese color es un verde confuso. No es verde, no es celeste. ¡Ni siquiera es un color!» —sonrió—. Así llamaste al tono que me gustaba. Aún me producen risas tus palabras. Al vendedor te lo ganaste con tu simpatía. Eres de León pero argumentas como una gaditana. ¡Cuántas veces no habremos contado esta anécdota! No te lo he dicho, pero ese verde “confuso” me recordaba mi paso por la Legión, allá en Ceuta. Me quedaban dos meses de mili, y sin familia a la que volver, pensaba rengancharme, pero te conocí. Una tarde de primavera en el Retiro te convertiste en todo mi mundo; esos ojos azules tuyos sí que me confundieron y la Legión perdió a quien podía haber sido uno de sus mejores hombres.
Volvió al álbum. Pasó páginas repletas de vida. Se detuvo  en otra que le trae recuerdos, buenos recuerdos.
—Mira, aquí estás embarazada de María Victoria. ¿Recuerdas el día que la concebimos, nuestra primera vez? Eso no fue un penalti, como lo llamó tu hermana, fue un partido completo. Sé que no lo hemos hablado: los tabús, la educación, pero te lo digo ahora: ese día me ataste a ti y nada tuvo que ver la niña. Fueron tus ojos, tus manos, tu cuerpo. Nunca te avergüences por saber hacer feliz a tu marido. Cuando se enteró tu familia, ¡qué rápido fue tu padre, organizando la boda! me pagó hasta el alquiler del traje porque no tenía ninguno. En esta foto estoy con tu tía Flora, la madrina, camino al altar. Me llamó sinvergüenza y algunas palabras más que no se debían pronunciar en una iglesia, ¡vaya carácter! En poco tiempo me la gané. Quiero que sepas que nunca me he arrepentido de casarme contigo. Eres preciosa, antes y ahora. Les dije a todos que había encontrado la mejor mujer del mundo; lo sabían, saltaba a la vista. En nuestra casa se comían sopas en el suelo, nunca nos vieron con manchas o con la ropa arrugada y con cuatro perras servías manjares para mesas de reyes. Además, ahorrabas sin ser tacaña; una hormiguita.       
     Siguió pasando recuerdos. Se detuvo en una foto con una hermosa playa de fondo. Ante un apartamento  con el seiscientos aparcado lleno de cacharros.

Nuestros veranos, ¿recuerdas? Mi sueldo de mecánico era chicle en tus manos. Por eso podíamos irnos de vacaciones. «Desenchufa el frigorífico y deja la puerta abierta. Retira el cabezal de la bombona de butano. Asegúrate que has cortado el agua. Quita los plomillos.» —Mira al techo—. Me acuerdo de tus palabras. Durante muchos años me encargaste esas tareas, antes de marcharnos de Madrid, los quince días de permiso. Al principio, cuando tu padre vivía, nos íbamos de vacaciones a Morgovejo. Al morir fue cuando compramos el apartamento en Benicasim. Déjame pensar. Tu padre murió en febrero y firmamos las escrituras a finales de mayo. ¡Qué vacaciones! El coche cargado hasta las trancas y cómo no, tu familia. Ya sabemos el dicho: si Mahoma no va León, la familia viene a Castellón. Nuestro apartamento se llenaba. Quince días durmiendo como chinches y comiendo de rancho, pero lo pasábamos bien. Te faltaba tiempo para agasajar a todos. Al principio, Miguel, el marido de tu hermana Francisca, me dijo que íbamos a medias. Cariño, el escote solo lo vi en tu bañador, él no sacaba la cartera ni para bañarse. ¿Cuántos años veraneamos con ellos? Más de veinte, ¿no? Dejamos de ir cuando los chicos se hicieron mayores y después,… vendí el apartamento. Tu hermana y tu cuñado no han puesto los pies en este piso, hace mucho. Hará unos quince años que no les veo. Para lo que vinieron la última vez, mejor que se hubieran quedado en el pueblo. Eso sí, me llaman por Navidad, como en el anuncio del turrón. Juana, ¿recuerdas el año que nos entró un okupa mientras estábamos de vacaciones? «Manuel, ¿has comprobado que las ventanas estén cerradas?» —Rió con ganas—. Sí, esa era la pregunta que me hacías siempre. Aquel año te dije que sí, pero no lo había hecho, te mentí y es cierto que las mentiras tienen las patas muy cortas. Para una vez que no lo compruebo, dejamos abierta la puerta que daba al patio y se nos coló un indigente. Estuvo viviendo los quince días a cuerpo de rey. Se ventiló todas las conservas que guardabas y el rioja que me regalaron con la cesta de Navidad y reservaba para una ocasión especial. Cuando volvimos, lo encontramos durmiendo en el sofá (gracias a eso compramos uno nuevo). No quisiste que llamara a la policía. Le diste doscientas pesetas y un par de bocadillos que los niños no se habían comido por el camino. Eso sí, cuando se marchó, fumigaste toda la casa. Acabaste con toda la fauna invertebrada y microscópica del lugar. Se debió de correr la voz entre el mundo de los insectos, porque desde entonces, ni una hormiga se ha atrevido a acercarse a esta casa. Ha llegado la hora. ¿Dónde he puesto las pastillas?... ¡Ah, están aquí, en el bolsillo de la chaqueta! Los chicos vendrán pronto y hay que prepararse. ¿Está bien el nudo de la corbata? Cada día olvido más cosas y a veces hasta nuestros hijos me perecen extraños. Juana, me da miedo olvidarme de ti. Dame la mano, cariño. Entramos juntos en esta casa, salgamos juntos de ella.

Un rato más tarde el timbre sonó y después, se oyó la llave en el bombín.
—¿Papá, dónde estás? Tenemos que irnos. —María Victoria entró en el salón —¡Papá despierta!, ¡papá! …¡Papá!
José Manuel el hermano de María Victoria y Cristóbal, su marido, entraron corriendo al oír los gritos. Sentado sobre el sofá, Manuel, con el semblante tranquilo, descansaba ya para siempre. La hija, recogió el álbum de fotos que sostenía su padre sobre el regazo y se abrazó a él. Recordó la última conversación que habían mantenido.
—Él no se quería venir a vivir conmigo. Ayer fue la última vez que me pidió que le dejara quedarse. “Tu madre me cuida muy bien”, me dijo. Le volví a explicar que con su demencia senil no era posible. Pensé que lo había entendido. —lloraba.
—Quince años desde la muerte de mamá y nunca lo aceptó. El día que vinieron los tíos para el entierro, recuerdo lo que les dijo: «mi Juana no se ha ido a ninguna parte.» Creo que ese día fue él quien emprendió la marcha y nos ha ido dejando poco a poco —José Manuel sacó un pañuelo y se secó los ojos.
Cristóbal descolgó el teléfono.

—¿Urgencias? Podría venir un médico. Creo que mi suegro ha muerto.