martes, 29 de diciembre de 2015

Arthur el Lobo

Marina - Ivanenko Mikhail Alexandrovich, 


La joven Elisabeth Trenton, hija del fallecido Lord Trenton y Lady Margaret FitzPatrich, condesa de Devonshire, miraba el paisaje que se divisaba desde la ventana de su habitación. Sobre el escritorio de teca se encontraba un blanco pergamino lleno de sentimientos e información, dispuesto para ser enviado. Las lágrimas corrían por su mejilla sin que ella hiciera nada por detenerlas. Indecisa, miró de nuevo la carta . ¿Debería mandarla y poner en peligro a su marido?, se preguntó una vez más.
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domingo, 27 de diciembre de 2015

Papas con Codornices.

Guillermo Silveira García - Huerto.
Aquella mañana, bien temprano, me encaminé al huerto. Con el azadón al hombro pensaba en el menú de aquel día. Debía ser algo rápido,  ya que otras tareas requerían mi atención.
Llegué temprano, el sol aún se desperezaba y el  rocío mantenía la tierra húmeda para favorecer mi trabajo. Me agaché y  fui dejando al descubierto los hermosos tubérculos que la Naturaleza me había ofrecido como agradecimiento a mis desvelos, un manjar de dioses que trajeron los conquistadores; mucho mejor que el oro. Durante algunos meses  había mimado mis patatas, desde su inseminación en el útero de la madre Tierra. Allí, en el interior, a su abrigo, habían madurado y ahora estaban listas para ser objeto de deseo en la mesa y hacernos pecar de gula. Después de limpiarlas bien, las metí en una talega y me acerqué al surco donde se encontraban las anaranjadas zanahorias cuyo pináculo verde sobresalía por encima de la superficie, avisándome de que estaban preparadas para aderezar mis platos. Arranqué un par de ellas, solo las necesarias. Caminé entre las hendiduras de mi atestado huerto,  de las matas de hermosos tomates y pimientos de un rojo brillante que colgaban  como pendientes de zafiro,  recolecté un par de cada.

viernes, 25 de diciembre de 2015

El milagro de la Navidad.



   

      El niño lloraba entre la paja y su madre lo cogió para amamantarlo. José soltó la vara y se sentó, restregándose los pies cansados. El rebaño de ovejas fue recogido en el aprisco y los pastores, arrimados a la lumbre, calentaban las migas  y charlaban sobre la escasez de los pastos aquel año. Las lavanderas descansando a la orilla del río, chismorrean sobre lo caro que está todo.  Los Reyes entraron en la posada exigiendo la cena y  las llaves de sus habitaciones  El ángel plegó las alas y se durmió entre las algodonosas nubes.
     
     —Por fin —dijo un hombre subiéndose los calzones—se me estaba quedando el culo tieso.

     Los belenes cobran vida  en cuanto los humanos aletargan las suyas.  

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Dad y os será devuelto...





No me quedaba mucho y debía redactar un testamento, porque sabía que si no dejaba todo bien atado mis  cuatro criaturas dejarían de ser humanas y se convertirían en alimañas que se enzarzarían en disputas eternas, sobre quién se lleva qué.
Víctor, el mayor de mis hijos con veintiocho años. Soltero de nacimiento, era un ser insociable al que pocas veces se le había visto en compañía de amigos o novias. A pesar de su tan cacareada libertad, sabía que la soledad en la que vivía estaba más cerca de la imposición que de la elección.
Sonia, soñadora y con un año menos, fue lo que mi mujer y yo llamamos error de cálculo. Reflexiva  y desprendida, la engañaban siempre. Todo lo que pusiera en sus manos, seguro que acabaría en las de otros. No tenía ni idea de cómo eran las personas.
Enriqueta era la tercera, con veinticinco abriles. Ella sí que sabía vivir bien. Tenía una frase favorita que la definía muy bien: “A mí no me gustan los problemas: ni los míos ni  los ajenos, por eso los  rehuyo. No por eso soy más mala, solo diferente.” Por supuesto, jamás la había visto ayudar a nadie.
Por último, estaba Carlos con veintitrés años y ya casado con un hijo. Creo  que este chico ya nació emparejado. Vivía por y para su familia, en la que, por supuesto, yo no tenía cabida.