viernes, 23 de enero de 2015

Examen final

Del Bien y del Mal - Patricia Boneo

      Al pasar por delante  del cajero automático comenzó a funcionar y comprobé que salían billetes de él. Miré a ambos lados de la calle  antes  de guardarme el dinero y  lo achaqué a mi buena suerte. Aunque la vida me había sonreído, la sensación de bienestar nunca terminó de llegar del todo; el motivo no lo sabía, pero me daba igual, a fin de cuentas yo era el tipo con mejor estrella del mundo. 

Desde que tuve uso de razón, nunca hubo dolor, pesar o deseo que no hubieran sido resueltos antes siquiera de haberlo pedido.Recordé que de niño conseguía todo lo que quería,  en la universidad fui el preferido de los profesores que me daban unas notas excelentes sin apenas esfuerzo, mi familia me adoraba y jamás tuve problemas laborales.  Y en aquel momento, sin desearlo siquiera, había pasado por delante de un banco y los billetes cayeron a mis pies. Otro merecido premio que engrasaría, aún más, el engranaje que me permitía seguir llevando una vida regalada.

viernes, 16 de enero de 2015

El segundo

Pies - Gisela Kruzelnicki
Aquella mañana al cruzar el arroyo, una de mis botas había ido a parar al agua con mi pie dentro. Estaba tan desgastada que en poco tiempo la suela se despegó. Me alegré tanto de haber conseguido romperla que seguí chapoteando, esta vez con los dos pies. Odiaba aquellas botas viejas que había heredado de mi hermano mayor. De hecho, odiaba casi todo lo que poseía porque provenía de él. Ser el segundo no era divertido. A José, que trabajaba fuera,  le compraban todo, y a Pablo también,  porque era el pequeño.  “Esta vez tendrán que gastarse el dinero en mí; no pueden dejarme ir descalzo,” me dije sonriendo de camino a casa.

Al llegar, corrí hasta la cocina gritando en busca de mi madre.

—¡Mamá, se me han roto las botas!

Me paré en seco. Estaba sentada a la mesa llorando. Me sorprendió verla así porque ella no se quejaba nunca. Sus dedos apretaban tanto un papel que si hubiera intentando quitárselo se habría roto.

—Hola hijo, ¿Ya has vuelto? —me dijo mientras lo guardaba en el bolsillo y sacaba un pañuelo con el que se secó la cara.

—¿Qué pasa, mamá?

Me acarició la mejilla, al tiempo que por la suya volvían a correr las lágrimas.

—Un telegrama de papá.

—¿No vendrán para las vacaciones?

Ella  aspiró con fuerza.

—Sí, vendrán antes. ¿Qué dijiste? ¡Ah sí!—bajó la vista y miró mis pies—. Están rotas. Mañana ponte las nuevas de José, las que aún no ha estrenado. Él ya no las necesitará.

Se apoyó sobre la mesa  escondiendo la cara entre los brazos; los sollozos aumentaron.

La miré a ella y a mis botas destrozadas y comprendí. El dolor caló hasta lo más profundo.


—¡Mamá, ya no quiero unas botas nuevas; quiero seguir siendo el segundo!—grité culpable.


lunes, 12 de enero de 2015

Una hoja en blanco. El principio de una historia.


La bebedora adormecida - Picasso

—Hola. soy Telma y soy escritora.

Era tal como lo había soñado: una librería con mucha gente esperando que les dijera unas  palabras y haciendo cola para comprar mi libro y llevárselo firmado. El triunfo me acompañaba. Mi obra detrás de mí, en un gran cartel,  y yo dando las gracias a aquellos que me ayudaron a conseguirlo. Además de  la excelente presentación que había hecho de mí la editora, encantada por la crítica más que favorable de los expertos.

Resultaba gratificante ver mi sueño cumplido. Me había empeñado en colarme en ese mundo dónde solo unos pocos tenían sitio.  Entré por la puerta grande encantada con mi suerte. Muchos de los compañeros ni siquiera llegaban a rozarla.

Ahora me tocaba dar la talla. En pie, bajé la vista y me dispuse a hacer lo que debía...

lunes, 5 de enero de 2015

Terapia

   
Dame tu mano- José Carrascosa Castelló

 

     Embutida en un elegante traje de chaqueta negro se fundía con el sofá de piel del mismo color sobre el que se encontraba sentada. Podría pasar desapercibida en aquel entorno de oscuros sillones y luces atenuadas, a no ser por su melena rubia.

     Acababa de rellenar la ficha que le había entregado la recepcionista y repasaba mentalmente sus respuestas: “Nací en Madrid, estudios pre universitarios, me gusta leer, no he trabajado nunca, ningún tic ni vicio, me desenvuelvo bien en sociedad… sin hijos, viuda.” Cuando se abrió una puerta en la pared opuesta y un hombre con el semblante surcado de arrugas y sonrisa amable preguntó por ella.

     —¿Silvia Marín?

     —Soy yo —respondió apenas con un susurro.

     Se puso en pie, cogió el bolso que se encontraba a su lado y caminó despacio. 


     —Manuel Riaza.

     Él extendió la mano a modo de saludo y ella se la estrechó. Ambos se adentraron en la consulta. El psicólogo le recogió la ficha que ella acababa de rellenar y con un gesto le señaló un silla al lado de la mesa.

     —Buenos días señora Marín. Por favor siéntese.