jueves, 1 de octubre de 2015

El encuentro


Aquel domingo de primeros de mayo decidí salir de Madrid. Después de meses encerrado sin otro aliciente que el trabajo, necesitaba airearme. Así que me subí al coche y puse rumbo a la sierra de Guadarrama, era un lugar idóneo para la practicar del senderismo y en la zona había buenos  restaurantes en los que poder hincar el diente a algún plato sustancioso, una vez acabado el paseo.
La mañana la pasé de caminata por senderos tapizados de hierba fresca  que serpenteaban entre bosques. No había mucha gente y me permití pensar en mi vida, últimamente volcada en el trabajo y con pocas diversiones; de momento, no había ninguna chica que bebiera los vientos por mí.
Ya venía de vuelta, cuando al lado de la carretera vi un camino rural que indicaba la dirección de un restaurante y decidí probar. Cuando llegué, me tropecé con una pradera rodeada de árboles. En medio, una cabaña de madera  ostentaba el rótulo de: “el Bosque”. Hubiera pensado que estaba en la película de Heidi, a no ser por el aparcamiento repleto de coches de alta gama.  Reflexioné si debía o no entrar. Tenía pinta de muy caro pero pensé que  con lo poco que salía a divertirme, podía permitirme hacer un dispendio y regalarme una buena comida.  El único problema que podría surgir más tarde, sería  que mi estómago se volviera loco ante unos platos de “masterchef”  y después rehusara los precocinados a los que lo tenía acostumbrado. Al final me dije que la aventura es la aventura, revisé mi cartera para comprobar que tenía la mastercard y  entré.  
Un maître,  salido de Sonrisas y Lágrimas, me miró sin atreverse a etiquetarme —los ricos no siempre van vestidos de Versace—, así que imagino que para no equivocarse, me atendió con solicitud.
—Buenas tardes, caballero. ¿Cuántos van a ser?
—Solo el que tiene delante —le respondí
Me guió a través de un comedor repleto y me ubicó en el último rincón del salón. Tomé asiento y esperé el servicio. Fisgoneé a mi alrededor y me detuve en la pareja que tenía en la mesa de al lado. Ambos estaban sentados de manera que me quedaban a derecha e izquierda.  
Les observé sin rubor, a fin de cuenta soy psicólogo y la fauna humana tiene un encanto especial para mí.  La mujer me resulto familiar. Normalmente no olvido una cara y aquella creía haberla visto antes. Eso añadió un ingrediente más, a mí ya curiosidad profesional.  Debía tener mi edad, unos treinta y pocos. Llevaba un vestido estampado de manga corta y un escote justo para insinuar sin mostrar.  Una coleta morena, de la  que se habían escapado algunos mechones,  y unas gafas de concha tras las que se ocultaban unos enormes —tal vez por las dioptrías —ojos oscuros. Las gafas no me sonaban, pero esos ojos sí  que habían estado a un palmo de los míos; estaba seguro.
El acompañante —a simple vista no había datos para saber qué relación tenían— podría haber sido el anuncio ambulante de una clínica dental. Como siguiera sonriendo, tendría que sacar las gafas de sol ante tal deslumbrante blancura. Aparte de eso, me pareció demasiado elegante y algo manido: corbata, camisa, traje oscuro, nada acorde para el lugar y el día.  Mientras yo atacaba los colines de diseño, lo escuché llorarle a su compañera de mesa sobre su reciente divorcio, del desamparo que sentía por estar solo y del miedo que le daba comenzar una nueva relación. ¡Paparruchas, el tío quería ligársela!, y por cierto, lo hacía muy mal.
—Marta, cariño. De verdad, eres estupenda. Si tú quisieras podríamos comenzar una amistad algo más... íntima —dijo el sujeto.
—¡No! —fue la lacónica respuesta de la chica.
En aquel preciso instante, cuando vi la mirada que le dirigió, supe quién era ella: Marta Rodríguez Urbano, alias “la intratable”. Compañera de facultad, pedigüeña de apunte y la universitaria que había dado más calabazas al sexo opuesto  que el profesor de Neurociencia de la conducta de tercero,  que aquel año nos dejó a todos para septiembre.  Mira por dónde había encontrado a la mujer que unos ocho años atrás me había roto el corazón con solo una palabra: “No”. Esa había sido su respuesta a: ¿quieres tomar un café conmigo?, cuando le  dejé mis apuntes de Psicología del desarrollo. Jamás volví a preguntárselo.
Ahora, el interés por aquella mesa había crecido de manera exponencial. Así que después de dar un sorbo a la copa de Elsenham, que me habían escanciado, —ya podrá limpiarme bien el riñón, porque  costaba la botella once euros y solo era agua— y de pedir un plato de ibéricos, seguí cotilleando sin pudor.
Una despampanante rubia entró en el restaurante. El vestido ajustado y con un escote que ocultaba poco, el brillo deslumbrante de las joyas, junto al sonido de sus tacones sobre el piso hueco, consiguieron que todos los presentes, incluido yo, nos volviéramos hacia ella con admiración. El ligón de Marta se levantó nada más verla y la rubia saludó con la mano y se acercó a la mesa.
—¡Sandra estás estupenda! Chica, no sé cómo lo haces para seguir igual de joven que la última vez que te vi y de eso han pasado siglos—le comentó el muchacho a la recién llegada.  
Se tomó su tiempo para besarla en las mejillas. Casi podría jurar  que le había mordido uno de los pendientes para ver si eran diamantes auténticos.   
¾ Pedro,  es cierto, desde el insti no sabía nada de ti y me puse muy contenta cuando Marta me llamó para comentarme que te había localizado. Le propuse esta comida de compañeros.  —Se volvió hacia la intratable y puso morritos, lanzándole un beso aéreo— ¡Te veo bien, nena!
 Aquello se estaba convirtiendo en una reunión de ex. De momento, no se habían percatado de mi interés en el asunto y seguí comiendo atento a lo que acontecía.
¾Si, estoy bien. ¿Qué os parece si os acomodáis de una vez?  —esa voz de Martita, una vez me volvió loco.
La rubia, Sandra se llamaba,  dejo que el camarero le retirara la silla y tomo asiento entre ambos, quedando frente a mí. Creo que me miró, valoró y decidió que no valía la pena.  
Vi que Pedro, había perdido el interés por Marta y  no apartaba los ojos de la recién llegada, pasando, alternativamente, del escote a los diamantes que pendían de sus lóbulos. Me daba que la enjoyada y apretada rubia iba a ser su siguiente objetivo. No tendría que esperar mucho para ver si me equivocaba.
¾Sandra, no sabes cómo me alegré cuando me tropecé con Marta en  aquel hotel de Barcelona y decidimos concertar esta reunión. Hace un momento le comentaba que estaba deseando verte, ¿verdad? ¾comentó  sin apartar la vista de los pechos de la rubia.
Pintura  de Edwar Hopper
«Dile que es mentira, Marta,  ¿o has perdido la mala leche que te caracterizaba?», casi era un ruego y estuve a punto de poner mi pensamiento en alto, viendo que Marta no respondía. Se removió en la silla, la oí lanzar un suspiro o más bien un  bufido, cogió la copa y se escondió detrás de la carta tamaño folio. Cuando la devolvió a la mesa el vino había desaparecido.  
¾Vamos a pedir la comida, y otro día os dedicáis a la prehistoria. Yo tengo que volver  pronto a Madrid. Pedro, me dijiste que no me trajera el coche, así que tendrás que llevarme.
A pesar de que no la veía, detecté cierta ironía en el tono.  Miró a ambos por encima de la lista de platos; se dio cuenta de que ni siquiera la escuchaban.
¾ Fijaos en los pendientes que le saqué a Arturo el otro día¾ dijo la rubia tocando suavemente uno de los diamantes¾. Pedro, Arturo es mi marido. Me costó muchísimo convencer a su abogado que le dejara comprármelos, pero ya sabe que cuando se me antoja algo, lo consigo.
La sonrisa y la bajada de ojos que ofreció al petimetre, podría haber hecho del calentamiento global una simple calentura. Aquella gata, tenía ganas de maullarle a la luna o al tal Pedro. No sé por qué, pero me dio pena el chaval.

Mi silenciosa ex compañera desvió la mirada de uno a otro entre sorbos de vino. Tendría que ser un mal psicólogo para no saber que aquello no le estaba gustando nada.  Los otros seguían a su rollo entre piropos melosos y sobeteos casuales. Ninguno parecía percatarse de la presencia de la convidada de piedra que les observaba. La cara de la criatura era un poema.
El camarero me trajo el segundo plato: arroz negro. Di un mordisco a un panecillo untado con mantequilla y tomé un sorbo de agua. Estudié a la rubia, intentando averiguar qué tipo de mujer era. Treinta y algunos, con aspecto de barby rica que le gustaba ser el foco de atención de todas miradas. Las  clínicas de cirugía y los diseñadores de moda llevarían años haciendo el agosto con ella, convirtiéndola en una mujer sofisticada y elegante. Lo que el bisturí y los vestidos no conseguían cambiar eran sus maneras: por la conversación que mantenía con el galán supe que las joyas eran su pasión, se mostraba desdeñosa con su marido, hablando mal de él, —supongo que un bobo rico que le pagaba todos los caprichos y no que recibiría nada más que migajas de aquella vampiresa—, y en el centro de la conversación siempre estaba el yo, yo, yo…
El camarero le rellenó la copa  a Marta y tomo un sorbo. Con voz tranquila aunque  su manera de sentarse tiesa en la silla lo desmentía, cortó los arrumacos de los otros dos.
—Brindo por ambos. Sandra,  solo das un paso cuando te conviene, y por lo que veo, a Pedro lo has colocado en el punto de mira, pues sí, como ya te dije, el joven aquí presente tiene pasta. ¡Pobre Arturo!, no sabe que poco le queda de rey consorte. Conociéndote, si lo está exprimiendo como a un limón, significa que el fin está cerca y ya veo que ha empezado con los pendientes de diamantes y las dos tallas más de sujetador que te noté en cuanto cruzaste la puerta.
Estaba alucinando. ¡No había cambiado nada!, seguía llamando a las cosas por su nombre. Me dio pena la rubia que se había quedado sin saber que decir. El hombre iba a intervenir cuando le corto otra vez Marta.
—No he terminado el brindis, ahora te toca a ti. Desde luego, me he llevado una buena  sorpresa contigo, Pedro,  no me recuerdas para nada al muchacho con el que compartí pupitre en el instituto, pero me da, que también te has hecho una recomposición integral: ni una arruga, ni un solo pelo fuera de lugar; creo que tienes más que cuando venías a clase.
Marta cogió su cartera, apuró la copa y se levantó de la mesa.
—Me largo, aunque sea, prefiero hacer autostop que quedarme aquí.
Salió presurosa del restaurante y yo corrí detrás.
—¿Eres Marta Rodríguez y estudiaste en la Facultad de Psicología de la complutense?
Se volvió y me miró largamente. Tenía la esperanza de que me reconociera.
—Vaya, vaya,…que pequeño es el mundo. Eres Francisco…no recuerdo el apellido. El que me dejaba los apuntes. —Asentí  halagado y esperanzado—. Te recordaba tartamudo y con mucho acné. Has cambiado.
—Tú me hacías tartamudear y la edad curó el resto. Estaba en la mesa de al lado —dije señalando la ventana—no pude evitar oíros. Si no tienes a nadie que te lleve, puedo hacerlo yo. Deja que pague y enseguida estoy contigo.
—Acepto. No creo que sea peor que eso. —Señaló a los tortolitos que se veían a través del cristal de una de las ventanas—. ¡Mírales! Son tal para cual.  Ella busca un sustituto rico para cuando su marido pida el divorcio y él busca…ni siquiera sé que busca. Es probable que ya haya encontrado lo que no buscaba.  

Pensé que no me importaría que la intratable Marta, un día me encontrase a mí.