sábado, 5 de marzo de 2016

Los sueños que imaginamos...

 
godfried schalken-mujer dormida con una vela encendida





Ante una página en blanco, mi mente volaba en busca de un relato. Lo necesitaba para venderlo al periódico al día siguiente y, así, llenar la nevera.

Absorta, tecleé un nombre: FARID. Enseguida le puse cara: un tuareg de unos treinta años, rostro moreno con arrugas prematuras y ojos oscuros. Le imaginé con turbante y vestiduras azules.

–Por fin, ¿nunca haces caso cuándo se te llama?

El eco de esas palabras resonó en mi cabeza y pensé que mi dieta, bastante escasa últimamente, me pasaba factura.
 
—Tranquila, a tu cabeza no le pasa nada. —Volví a escuchar, esta vez con un atisbo de ironía—. No son imaginaciones. Soy Farid Assad, protagonista de la historia que vas a narrar. Porque eres escritora, ¿no?

—Por supuesto que lo soy —grité ofendida a una habitación vacía.

—Muy bien, demuéstralo. —Su voz imperativa volvió a resonar—. Describe lo que veas.

Aturdida, y dolida, por la actitud sarcástica de un sonido irreal, obedecí. Me escuche aporreando las teclas del ordenador sin saber muy bien qué estaba escribiendo.


”El lugar era un hermoso oasis perdido entre dunas blanca. Un pequeño lago, alimentado por aguas subterráneas, le daba vida. Cerca de él se extendía un huerto donde engordaban tomates, berenjenas, calabazas y coles; además de algunos árboles frutales. Al otro lado, en un diminuto prado correteaban algunas cabras y un par bayos con las crines negras. En el centro de aquel remanso, entre un bosquecillo de palmeras, se encontraba la jaima de Farid confeccionada con pieles de camellos. Una estera multicolor, situada en la entrada, daba paso al interior. Todo el conjunto parecía un cuadro encajado dentro de un mar de arena.”

—Como ves, no has descrito tu casa, ha sido la mía. ¿Sabes por qué? —Aquella voz joven y altanera seguía machacándome— porque yo te he indicado dónde mirar. ¿Aún piensas que tú eres la dueña de la historia?

Seguro que en Google aparecerían aquellos síntomas, referidos en alguna enfermedad cerebral, pero decidí seguir con el juego. Quizás por la mañana debería pedir cita con algún neurólogo, o psiquiatra.

—¿Qué debo hacer ahora? ¿Espero que un personaje salido de la nada me cuente su historia? ¿Trato de escribirla sola, sin el incordioso Farid? ¿Recobro la cordura, hago desaparecer al tuareg y dejo de divagar? —dije en voz alta, aunque, el hecho de formularme esas preguntas me parecía de locos.

El orgulloso Farid esperó a que mi mente se centrara de nuevo y volvió al ataque.

—No hace falta que grites, te oigo —dijo—. Debes entender una cosa. Cada historia tiene su escritor asignado. Si este no es capaz de escribirla, pasado un tiempo, desaparece junto con todos sus personajes. Habitamos en un mundo paralelo, limitado en el tiempo. Encontrar la persona que nos permita cruzar a vuestro mundo y que nos convierta en inmortales, es la razón de nuestra existencia. Nosotros elegimos al escritor, no al contrario, por eso estoy aquí. Tú nos harás vivir, caminaremos de la mano hasta el final, y entonces, ambos seremos inmortales para siempre. Creo que es un trato justo.

Aquellas palabras resonaron en mi interior. Me parecía todo tan irreal que traté de no pensar. Tenía un terrible dolor de cabeza y resolví irme a la cama. Dormir es lo que estaba necesitando con urgencia. Cerré el documento.

—¡Contar una historia! Esa sí que es una aventura difícil —reflexioné mientras aparecía el sueño—. No se trata de prestar oídos a Farid, solo de escribir. Da igual de donde vengan las ideas: de él, de mí o de ambos. Mañana me lo pienso —fue el último recuerdo de aquella noche.

Cuando al día siguiente desperté, acudí directa al ordenador. En la pantalla parpadeaba un documento en blanco.

—¡Todo ha sido un sueño! —me dije desilusionada.

Iba a levantarme de la silla, cuando un pensamiento fugaz cruzó por mi mente. Con mucho cuidado puse el puntero del ratón sobre el icono de borradores y abrí la carpeta.