lunes, 5 de octubre de 2015

Un traspiés


Corría hacia el autobús cuando un agujero en la acera me frenó de golpe dejándome con un tacón roto, el pie hinchado y mi blanca falda de Zara hecha unos zorros. El fiasco y  la vergüenza eran tal que, aunque no quería, aparecieron las primeras lágrimas.
Una suave presión en el brazo y un leve tirón me obligaron a levantarme. Un chico de pelo largo, ojos claros y sonrisa de “en tu casa o en la mía” fue el responsable de que no siguiera tirada por los suelos, llorando.
—¿Te has hecho daño? ¿Te llevo a alguna parte? —. Su voz tranquila y calmada me hizo sentir algo más que el pulso en el tobillo, y que  por cierto, comenzaba  a doler a lo bestia.
—No, gracias. Cogeré un taxi y me iré a casa. Será lo mejor —dije sin reflexionar.
«¿Por qué tengo la lengua tan suelta?  Seguro que acabo de perder al hombre de mi vida por no saber mantener la boca cerrada», me dije con pesar.
—El pie está  muy hinchado y no tiene  buen aspecto. Deberías ir a que te lo miren.
—Ya—dije observando mi extremidad—. Seguro que una noche de descanso  y  estará como nuevo —era imposible remediar lo irremediable. Me serviría de lección para la siguiente vez que me cayera.
Me ayudó a caminar hasta el bordillo de la acera,  levantó la mano y paró a un  taxi.  Con caballerosidad, abrió la puerta y me ayudo a sentarme.
—Nos veremos pronto —dijo al cerrar con una sonrisa enigmática.
—Seguro que sí, te espero en el siguiente socavón o en la otra vida —contesté a través del cristal.
Cuando el taxi arrancó,  vi una sonrisa preciosa y me supo mal despedirme de aquel  guapo treintañero de mirada y sonrisa dulce. Siempre conozco a los hombres a destiempo, me dije pesarosa de camino a casa.
Cuando llegué al portal tenía el pie como una bota y decidí hacer caso a mi caritativo amigo  y acudir a mi hospital de referencia.  El taxista me dejó a las puertas de Urgencia.
Cojeando conseguí presentarme en la ventanilla de admisión. Entregué la cartilla y conté lo que me había sucedido. Después de que rellenaran mi ficha  me dijeron lo de siempre: “Siéntese y espere a que la llamen por megafonía.”
Armándome de paciencia y muy despacio me dirigí a la sala de espera.  Aún no había terminado de tomar asiento cuando a través de los altavoces oí que me llamaban.
—¡María Martín Rodríguez acuda al box número dos!, —gritó  la voz— ¡María Martín Rodríguez, box número dos!, —volvió a repetir.
¡Ya voy, ya voy! Intenté correr sin mucho éxito.  La gente, aplastada en las incomodas sillas de plástico, me miraba intrigada, supongo que  preguntándose si yo estaría tan grave. A fin de cuentas acababa de llegar y seguro que ellos llevaban muchas horas aguardando.
Abrí la puerta que conducía a los boxes. Con trabajo, y sin apenas apoyar el pie,  llegué hasta allí y me senté en la camilla. Miraba  mi  pie lesionado cuando oí una voz  conocida y levanté la vista asombrada.
—¡Te dije que nos volveríamos a ver! —dijo sonriendo mi buen samaritano vestido con un  pijama verde.
—¿Cómo sabías que …? ¡Es una ciudad, pequeña, pero …!— asombrada intenté terminar una frase con algo de coherencia.
—Acabo de llegar a la ciudad y vivo en tu edificio, en el quinto.  Ya me había fijado en ti. Esta mañana estaba de compras por el centro, en esta ciudad  tampoco hay muchos  más lugares donde poder ir a gastar dinero.  No te dije nada porque te vi poco receptiva. Así que pensé que si decidías venir al hospital te estaría esperando.  En caso contrario, cuando estuvieras mejor, me presentaría. Llevo unos días armándome de valor para hablar contigo e invitarte a cenar. —Se acercó y me ofreció la mano—. Hola, soy Juan Martín, tu vecino del tercero y el encargado de ponerte  ese pie en condiciones óptima.

Nunca pensé que  daría las gracias al Ayuntamiento por tener las aceras hechas un asco. Hoy, después  un par de radiografías, quince días con escayola y tres años de relación me caso con Juan, mi traumatólogo de cabecera,  que se encargará a partir de ahora de sujetarme para evitar que meta la pata de nuevo.