lunes, 13 de octubre de 2014

La portera

Niña bajo la luz del sol - María Simonovich
Concepción Pérez Rodríguez era natural de un pequeño pueblo de Toledo llamado Cebolla. Hija de agricultores con escasos recursos  tuvo que emigrar muy joven.  Así que con quince años marchó a Madrid y se colocó en casa de los Marqueses de Sotomayor, gracias a que la cocinera y ella  eran del mismo pueblo y la recomendó a los señores.  Allí aprendió el oficio  de criada y, además, la triste lección que  le supuso su primer y único desengaño amoroso de la mano del hijo del carbonero con el que mantuvo un noviazgo. Fue el joven quien le puso fin al mismo cuando le echó el ojo a la sirvienta de los condes de Vinuesa, sin duda mejor partido.
Espabilada como era y para olvidar al muchacho que le partió el corazón, decidió cambiar de aires y  después de un tiempo, encontró  un nuevo empleo en una portería de la calle Serrano con derecho a vivienda. Con veinte años y toda una vida por delante se despidió en casa de los marqueses y se trasladó  con sus pocas pertenencias a su nuevo hogar.
Concha, como la conocían todos,  dejó de pensar en novios y otras tonterías  y se limitó a mantener aquellas escaleras como los chorros del oro. A parte de eso,  ocupaba el tiempo entre fregados y barridos en  sus dos aficiones favoritas: la charla con las porteras de los edificios colindantes y enterarse de la vida de los inquilinos. Por mucho cuidado que pusieran, ella siempre conseguía saber todo de todos. En estos menesteres pasó la mayor parte de su vida, excepto una semana al año que se marchaba al pueblo a visitar a sus padres, hasta que ellos fallecieron.