domingo, 24 de enero de 2016

Un domingo diferente





Nota: El nombre del partido no es casual. Mi hijo me recrimina porque nunca le saco en mis historias, así que como se llama José María, decidí nombrarle, y además en mayúsculas. Espero, que si hay simpatizante de los partidos mayoritarios, no se sientan aludidos.


Me había levantado tarde como cada domingo, y me preparé uno de esos desayunos que a todos nos gusta disfrutar de vez en cuando, y que no lo hacemos por falta de tiempo, por la dieta o por el colesterol. Ya sabéis a qué me refiero: dos huevos fritos con chorizo, un par de lonchas de panceta ahumada, zumo de naranja, café con tostada y un trozo de tarta de manzana. Pensé que esa ingente cantidad de calorías sería suficiente para pasar el día sin probar un bocado más.

Cuando terminé de recoger la cocina, me serví otra taza de café y me fui al porche trasero, dispuesto a leer la prensa. Era mi lugar favorito para pasar las mañanas. Estaba acristalado, y en días invernales como hoy, contemplar la lluvia era relajante. Más allá, el mar gris y espumoso rompía con furia sobre la playa.

Abrí el periódico por la sección de política. Como alcalde del J.O.S.E. (Junta social obrera española) de un pequeño pueblo del sur, donde cariñosamente le llamaban el PEPE, me preocupaba que mi partido se viera involucrado en algún asunto turbio. Me asaltó un titular a toda página: " Julio Cabrera, presidente del J.O.S.E. y escritor de fama mundial, ha sido detenido por orden del juez Campos". Más abajo leía con asombro que le habían descubierto  cobros de comisiones ilegales, y cuentas no declaradas en Suiza y en otros paraísos fiscales. Desglosaban su brillante figura como escritor insigne, y la cantidad de premios recibidos en su carrera literaria, que ahora se veía manchada por su gestión política.

Levanté la vista y miré al exterior. La tormenta se había recrudecido y el estruendo de las olas se dejaba oír, atravesando incluso los cristales de Climalit. Recordé a mi amigo Francisco. Había sido mi compañero de pupitre durante nuestro bachillerato y en la Facultad de Derecho. En aquellos momentos, él era un insigne abogado de la clase dirigente, y yo no había ejercido nunca.

La hermana de Francisco, Silvia, (en tiempos estuve enamorado de ella)  se casó con un tal Gutiérrez, perteneciente a una familia con dinero e influencia. Creía recordar que Francisco me había contado,  que una prima de su cuñado, ¿cómo se llamaba? ¿Carlota,...,  Carla?, o un nombre parecido, era la mujer de Manuel Cabrera, alcalde socialista de la capital. Y este, a su vez, era el hermano y fundador de mi partido, Julio Cabrera, al que acababan de detener.
Mi mente, en poco tiempo, me había llevado por los vericuetos necesarios para establecer si yo tenía algún tipo de relación con ese hombre, que pudiera salpicarme en mi carrera política hacia ninguna parte, porque no pensaba moverme del pueblo. Vivía demasiado bien.

En la temporada estival, mi amigo Francisco solía venir a casa de sus padres. Nos reuníamos en el casino, y charlábamos de tiempos pretéritos y de proyectos de futuro. Gracias a él, me metí en la política municipal, y además, eligió por mí el partido más conveniente para que pudiera llegar lejos. A mí me daba igual uno que otro, pero como había leído bastante a Cabrera, me entusiasmaba la idea de ser uno de sus adláteres, un compañero de aventuras, como en sus novelas, escritas todas en primera persona. Supe más tarde, que Francisco también había usado su influencia para que pudiera ser el cabeza de lista de mi agrupación. En esas charlas de casino, fue cuando me enteré de su papel en mi elección como alcalde. Nosotros no habíamos ganado, fuimos la segunda fuerza política por detrás de los socialistas, pero debido a la relación que Francisco mantenía con Manuel Cabrera, (un peso pesado del partido socialista), estos me habían dado su apoyo. Desde entonces, mi vida  había  cambiado.

De eso hacía tres años, y las conversaciones ya no eran en los casinos. Mi amigo tenía ahora un chalet a pie de playa, al lado del mío, gracias a mi intervención, y a la de algunos amigos que hice por el camino, sobre todo empresarios importantes y generosos. “Quid pro quo”, le dije cuando le entregué, a los dos meses de ser alcalde, su licencia de obras, después de pasar por encima de los grupos ecologistas que no eran más que un incordio.

Volví a mi domingo, al festivo que tenía por delante. Cerré el periódico y lo dejé sobre la mesita auxiliar. Di el último sorbo de café, ya frío, y puse la taza sobre el diario. Eché un último vistazo al mar furioso, que lamía la arena comiéndole cada vez más terreno, y después me dirigí al despacho. Encendí el ordenador y esperé a que apareciera el Google. Teclee:


"¿Qué países no tienen tratado de extradición con España?