domingo, 13 de septiembre de 2015

Sueños cumplidos.

El sueño de la razón produce monstruos (dibujo preparatorio)- Francisco de Goya y Luciente


—¡No la toque, presidente!

Abrí los ojos. Aún resonaba en mis oídos el grito emitido, no sé si real o solo imaginario.  Me senté en la cama, la habitación daba vueltas y no conseguía pararla. El sudor corría desde la frente y cruzaba mi cara. Observé como caían las gotas al suelo a cámara lenta. Sabía que poco a poco la sensación de nauseas y todos los demás efectos desaparecerían; solo necesitaba unos minutos para tranquilizarme. Aquella pesadilla me había dejado más alterado que el resto de ocasiones. Sabía que todas esas visiones eran a toro pasado. Los hechos que veía  mientras dormía, habían ocurrido en tiempo real.  Yo no podía hacer nada para cambiar la historia, solo detener a los culpables.

Era médium oficial del departamento de policía. Un cuerpo creado en el año 2045, que ayudaba a combatir los crímenes cada vez más sofisticados. Las  nuevas tecnologías habían traído nuevas formas de cometer delitos y, cosa curiosa, se habían tenido que recurrir a viejos métodos para solucionarlos. El departamento de médiums era uno de ellos. Se complementaba con el departamento de estadísticas, probabilidades y predicciones. Todo lo que fuese necesario para bajar el índice de criminalidad que había aumentado en los últimos diez años al ciento veinte por cien.

Después de asearme y desayunar, salí dispuesto realizar mi trabajo. Fui directo a mi despacho. Cada vez que tenía un sueño debía dar cuenta a las autoridades y ellos se encargaban de engrasar y apretar los botones adecuados de toda la maquinaria para poner a buen recaudo a los delincuentes: pruebas científicas, interrogatorios, coartadas inexistentes… Todo se hacía en función de un solo sujeto. Era fácil encontrar con que incriminarlos cuando se sabía de antemano que eran culpable.
Cuando llegué, mi jefe ya se encontraba allí. El asunto que le llevaba era muy era peliagudo y no sabía cómo iba a reaccionar.

—Buenos días, Marcus. —Me recibió con una sonrisa que yo no devolví.

—Buenos días, señor presidente —contesté escueto. Después de lo que había visto no tenía muchas ganas de charlas insustanciales.

—¿Qué te trae tan temprano? —me preguntó sin levantar la vista del documento que leía.

—Usted. Soñé con usted. Ya sabe lo que eso significa.

Noté la lividez de su rostro cuando me miró. Sabía de qué estaba hablando.

—¡No es lo que piensas!

—¿Por qué? ¿Tiene alguna explicación que le salve? Me gustaría saberlo, antes de llamar.

—Fue una estupidez. Después de tanto tiempo a este lado de la ley quise saber que se siente al cometer un…—Bajó el tono, intentaba justificarse—. Ella no era importante, no era nadie, solo una prostituta barata que encontré en la calle. Nadie la echará en falta…

—¡Se equivoca!, —no le dejé terminar—.Todas esas personas, cuando alguien como usted las hace desaparecer,  me consideran suyo. Forman parte de mi vida y me exigen paz. Quieren que las represente en su dolor, que sea su abogado después de muertas y hable por ellas. Usted lo sabía al asesinarla. Ahora que ha cruzado la línea sabrá que se siente al otro lado.


Cogí el teléfono y marqué. Mónica Domínguez Vélez de veintiún años,  podría descansar en paz.