martes, 22 de septiembre de 2015

Ojo por ojo


Un cuento para mi hijo José María, al que no le gustan las verduras. Le proporciono un argumento para que se deje las espinacas en el plato -¡claro que no va a colar!-.  Y por qué no, también para los vegetarianos. Ni todo es rojo, ni todo es verde...




María se había marchado  de vacaciones a un balneario en el interior de la jungla del Amazonas. Un sitio de lo más privativo, solo apto para cuentas bancarias muy abultadas. Llevaba un año de mucho trabajo y con acumulación de estrés. Acababa de terminar una fusión entre dos grande multinacionales y estaba orgullosa de que nadie hubiera perdido. Solo ella. En su trabajo, cada día se dejaba la piel, tampoco es que le importara, no existía nada ni nadie que la esperara en casa por las noches cuando terminaba.

Aquella mañana se levantó temprano, tenía una buena caminata hasta llegar a la piscina natural, con cascada incluida, que se encontraba a un par de kilómetros del hotel. En los diez días que llevaba en el complejo no se había acercado aún, huyendo del bullicio de los turistas que cada día veía desplazarse hasta ella en manadas. Con el madrugón esperaba encontrar unas horas de relativa calma,  y no quería regresar sin verla. «Un selfie al lado de una catarata para mostrar en la oficina, es todo lo que necesito. No dejo de reconocer que en el fondo soy tan friki como el resto.»  Raúl ,su principal oponente y más que dispuesto a quedarse con su puesto, se moriría de envidia, ya que con sus tres mocosos y su mujer fondona, no podía ir a sitios exclusivos como ella, se dijo de camino al comedor. Hoy debería ser el día para visitarla, ya que a la mañana siguiente emprendería el viaje de regreso a su casa de Madrid.


La noche anterior se había acercado a recepción preguntando por el lugar y si había dificultad para acceder a él.  El recepcionista le mostró los folletos con el mapa y fotos del mismo; El paseo a través de la densa selva era único e impresionante.

Así que bien temprano se puso el bikini de la casa Versace de París —ese mismo día había comprado allí mismo, un traje de noche con bastante más tela que le costó  bastante menos—, unas sandalias bajas,  por supuesto exclusivas,  y  un pareo a juego que se anudó a la cintura. Se miró en el espejo,

—Da igual el dinero, para esto sirve. Lo único importante es que no hay en el mundo otro modelo igual  —dijo a su imagen en el espejo.

Antes de salir echó mano  a su inseparable y no tan exclusiva pamela  de rafia. Había sido un  regalo de Pedro, su primer y único amor. Un ex que pasó por su vida con más pena que gloria. La pena, sobre todo, fue para ella, que aún no conseguía superarlo después de diez años. La Gloria la había puesto él en su cama. Más tarde se enteró que la fulana no era otra que su secretaria. Ella le hubiera perdonado, pero él no quería su perdón quería la libertad.  Así que al final, no  le quedó de la relación más que tragarse el orgullo y la pamela. 

Desechó los malos pensamientos, era historia antigua y  pasó por el comedor. De pie tomó un vaso de leche de soja y cogió unos cuantos de trozos de zanahorias para el camino. Era una vegetariana convencida. Ni siquiera probaba los productos que no atentaban contra la especie animal : ni huevos, ni leche , ni sus derivados.

Mordiendo la zanahoria se marchó por donde le habían indicado.  Había un camino de tablas barnizadas que cruzaba la selva. Cierto es que facilitaban el tránsito de los turistas VIP que ocupaban las suites carísimas del hotel, pero tal vez un poco menos de barniz no hubiera desentonado tanto con el entorno.  A pesar de ello, el paisaje de un verde casi fluorescente y el sonido que lo envolvía,  la dejaron sin aliento. Lo mismo había una extraordinaria algarabía de todo tipo de aves que un segundo después,  un silencio sepulcral casi místico.
Se detuvo a admirar  aquello  con reverencia. Solo se escuchaba los mordiscos que daba a la zanahoria y a ella, en aquel momento le parecieron casi tan alto como un tren de mercancía  al entrar en la estación. Volvió a caminar, inquieta, y pensó que ni siquiera había un soplo de aire que moviera una hoja, ni tan solo  el trinar de un ave o el zumbido de un insecto se escuchaba desde hacía unos minutos.  Presentía que algo la acechaba y que hasta la naturaleza parecía temerlo. Estuvo tentada a darse la vuelta, pero ponerle los dientes largos a Raúl pudo más que cualquier otro propósito.

No le vio venir. Se abalanzó sobre ella  derribándola; cerró los ojos sin poder articular palabra; la caída la había dejado sin aliento. Se oyeron voces en la distancia que se acercaban y fue cuando los abrió, dispuesta a pedir socorro; tarde.   Vio con espanto a la criatura que la arrastraba al interior de la floresta: Mitad árbol, mitad no sabía qué. Un ser monstruoso. 

No hubo un quejido, no hubo un grito. Antes de que ningún sonido saliese de su boca estaba en una fosa y multitud de raíces la rodeaban con rapidez, ahogándola,   clavándose en su cuerpo como finos estiletes. Una  le traspasó la garganta y dejó escapar el último soplo de vida. La tierra se removió, con vida propia, cayendo sobre ella y sepultándola para siempre.  La criatura desapareció en el interior del frondoso bosque.

Volvieron los sonidos habituales del lugar  y las propietarias de las voces —tres jóvenes— se acercaron entre risas. Se detuvieron al ver una pamela de rafia que se encontraba en mitad del sendero.
—Alguien tenía prisa por llegar a la piscina. Se la llevaré y si no encuentro a la dueña la tiro, no vale mucho—dijo una de ellas, antes de darle un buen mordisco a un trozo de apio que llevaba en la mano.

El ruido de aquel mordisco llegó al interior de la selva. Causándole un profundo dolor a la criatura que gritó como si fuese a él a quien le estaban infringiendo el daño.

—¡¿Ya se han vengado de la muerte de su congénere?!, —gritó lleno de ira. Savia verde se derramaba, saliendo a borbotones de su tronco—. Acaba de caer otro de los nuestros. ¿Acaso, no habrá paz nunca entre nuestros mundos?—aullaba de dolor.

A oídos humanos solo se escuchó el aire  inquieto que movía las hojas de los árboles, refrescando el ambiente. Invitando a algún paseante a perderse entre ellos. Mientras la criatura se preparaba para otra escaramuza.

De María nunca más se supo. El Consulado en la zona no tuvo suerte y el caso se archivó, sobre todo porque nadie reclamó una investigación exhaustiva.  En el hotel se apresuraron a recoger todo su equipaje y esconderlo en lo más profundo de la selva, donde nadie pudiera encontrarlo. No se podían permitir que su complejo perdiera clientela por desapariciones sin importancia. Además, las ricas snob solían dejarlo todo y salir corriendo en busca de aventuras con brasileños de cuerpos esculturales, dijo el director a sus empleados, aunque ninguno lo creía. No era la primera persona en desaparecer, ya había ocurrido con anterioridad, y tal vez volviera a suceder. En aquel ignoto lugar todo era posible.