miércoles, 23 de diciembre de 2015

Dad y os será devuelto...





No me quedaba mucho y debía redactar un testamento, porque sabía que si no dejaba todo bien atado mis  cuatro criaturas dejarían de ser humanas y se convertirían en alimañas que se enzarzarían en disputas eternas, sobre quién se lleva qué.
Víctor, el mayor de mis hijos con veintiocho años. Soltero de nacimiento, era un ser insociable al que pocas veces se le había visto en compañía de amigos o novias. A pesar de su tan cacareada libertad, sabía que la soledad en la que vivía estaba más cerca de la imposición que de la elección.
Sonia, soñadora y con un año menos, fue lo que mi mujer y yo llamamos error de cálculo. Reflexiva  y desprendida, la engañaban siempre. Todo lo que pusiera en sus manos, seguro que acabaría en las de otros. No tenía ni idea de cómo eran las personas.
Enriqueta era la tercera, con veinticinco abriles. Ella sí que sabía vivir bien. Tenía una frase favorita que la definía muy bien: “A mí no me gustan los problemas: ni los míos ni  los ajenos, por eso los  rehuyo. No por eso soy más mala, solo diferente.” Por supuesto, jamás la había visto ayudar a nadie.
Por último, estaba Carlos con veintitrés años y ya casado con un hijo. Creo  que este chico ya nació emparejado. Vivía por y para su familia, en la que, por supuesto, yo no tenía cabida.

Esta era la familia a la que  debía dejar mi cuantiosa herencia. Ninguno de ellos la merecía. Me abandonaron después de la muerte de su madre. Al parecer todos los años que pasé trabajando y el  imperio financiero que construí, no les compensó de mis reiteradas ausencias. Sin embargo, solo me considero culpable de eso y no de lo que ellos creen.  También es cierto que a ninguno le faltó nada en la vida mientras estuvieron bajo mi techo. El detective que había contratado me había informado que  es en estos momentos cuando todos andan algo escasos, viviendo al día.  Me gustaría ver su caras cuando se abra el testamento. ¡Una lástima perdérmelo!

****

Tres años más tarde, Víctor, Sonia, Enriqueta  y  Carlos Monterroso  se sentaban  ante la mesa del notario.  Habían pasado dos años desde la muerte de su padre y era en ese momento, una vez cumplimentadas todas las clausulas, cuando se podía abrir el testamento. El letrado comenzó con el protocolo.
—como ya supondrán, les he reunido para dar paso a lectura del testamento de Don…
—Sáltese los preliminares y vaya al grano, a ninguno le importa una mierda lo que haya dicho el viejo —Carlos, impaciente, le había cortado.
—Mi hermano tiene razón —corroboró Enriqueta —Las palabras de mi padre no valen ni la tinta con la que están escritas. Engañó a mi madre con una fulana,  y al quedarse viudo, no tardó en casarse con ella.  Ahórreme el trago de  escuchar sus disculpas.
—Su padre no se disculpa y tendrán que escuchar lo que quiera decirles. En caso contrario todo pasará a manos del hijo de su viuda. Yo estoy aquí para cumplir la última voluntad de un hombre y no para juzgarle.
—Está bien, dejemos de discutir.  Diga ya lo que sea de una vez—terció el flemático Víctor.
El notario carraspeo y leyó:
—«Ultima voluntad y testamento de Juan Monterroso López.  No quiero explayarme. Os conozco y sé que no voy a ganar el premio  al  padre del año. Debo decir que vosotros tampoco tenéis el título de hijos amantísimos.

» He dado orden a mi administrador para que el día después de mi muerte  venda todas las acciones de mis empresas, el noventa y cinco por ciento de lo que poseo.  La cuantía se dividirá en cuatro partes iguales y cada uno recibirá la suya. Si no he calculado mal  unos quinientos millones de euros por cabeza.» —El notario, al escuchar murmullos. Los miró uno a uno y comprobó la satisfacción en cada rostro. Cuando obtuvo la atención de todos siguió leyendo—. Como iba diciendo: «…unos quinientos millones de euros para por cabeza. Todas y cada una de esas cantidades  serán depositadas en una entidad financiera, en un plan de pensiones, no rescatable hasta los setenta años. Si alguno tiene  la desfachatez de morir antes, su parte se dividirá entre el resto, incorporándolo al capital. Eso hará que os cuidéis y viváis muchos años.» —Se habían levantado de golpe y algunas de las sillas cayeron. Los gritos se oían fuera de la sala y una secretaria con cara de asustada abrió la puerta. El notario con un gesto le indicó que cerrara. —Señores, un poco de tranquilidad, he de terminar de leer la última voluntad de su padre si quieren cobrar, aunque sea a los setenta.
—Siga de una puñetera vez y acabemos cuanto antes. —Víctor había perdido la compostura. Tenía deudas con un prestamista y estaba a punto de perder uno de sus chalets: el de Guadarrama.  El resto de los hermanos  guardó silencio y después de poner un par de sillas derechas, tomaron asiento nuevamente.
—Sigo —dijo el notario y volvió a fijar la vista en los papeles—. «…Sé que os acordaréis de mí durante toda vuestra vida, de la misma forma que ahora: odiándome.  No espero de vosotros ningún  cambio de actitud después de mi muerte. Os deseo una larga y próspera existencia llena de trabajo, como lo fue la mía. Para concluir.  Nunca engañé a vuestra madre, ella se inventó esa historia, enfadada por mis constantes viajes de negocios  a los que se negaba a acompañarme, a pesar de que nunca dejé de pedirle que me acompañase. Conocí a  Gina después de su muerte, que lo creáis o no, ya me da igual y a estas altura no tengo por qué mentir ni justificarme. Ella fue un refugio para  mi carencia de afectos, el vuestro. Aunque he decidido no citarla para la apertura del testamento, no quería que se enfrentara sola a vosotros, ella y su hijo, que sin ser de mi sangre donó parte de la suya cuando me hizo falta durante mi enfermedad, recibirán  una parte de mis bienes: mi casa del paseo de la Castellana, el chalet de Marbella y una pensión vitalicia de veinte mil euros anuales mientras vivan. Esa cantidad forma parte de los dividendos del cinco por ciento de acciones que no vendí.  Con esto concluyo todo lo que quería deciros. Solo desearos que aprendáis a ser felices, con o sin dinero. Firmado  Don Juan Monterroso López.