domingo, 8 de noviembre de 2015

La huida

Tres generaciones de la pintora Andrea Galindo -  http://andreagalindo-pintura.blogspot.com.es/
Este septiembre tenía todo planeado. Nada de trámites escolares, nada de comprar ropa para otros, nada de médicos, nada de guardería… Este septiembre era solo mío.
Puse la maleta encima de la cama y fui colocando en ella todo lo que iba a necesitar: ropa cómoda para excursiones y vestidos más formales para las cenas. Cuando acabé, apagué las luces y cerré la puerta de mi casa. Era la primera vez que me marchaba sola de viaje, la primera vez que había pensado en mí
 —He tomado la decisión correcta —me repetía mientras bajaba en el ascensor.
Al salir, me esperaba en la puerta el taxi que había solicitado.  
—Al aeropuerto, por favor —le dije al amable conductor que se bajó a meter mi equipaje en el maletero.
—Claro. ¿Se va de vacaciones? —preguntó cuando se sentó tras el volante—. Yo tuve quince días en julio y ya se me olvidó lo que se siente. Ya necesito otras.
Sonreí al simpático taxista. Yo llevaba mucho tiempo sin vacaciones.  Las oficiales, los tres meses de verano, los pasaba en el apartamento que tenemos en  Sanxenxo: cocinando, lavando, barriendo… y un par de horas de playa haciendo castillos de arena a los niños. Esos habían sido mis estíos desde que me casé, al principio con mis hijos y después con mis nietos.
Recordé la semana anterior, la última comida familiar. Todos reunidos planificando septiembre, mi septiembre.
—Mamá, tienes que recoger a Nicolás  de la guardería entre las  tres y media y las cuatro —dijo Montse, mi hija pequeña.
—Oye guapa, que la necesito para que recoja a Jaime y a Patricia del colegio —oí a Mari Carmen, mi hija mayor, mientras yo daba vueltas de la mesa a la cocina retirando platos y llenando el lavavajillas.
—Podemos apañarnos. Mira,  a las tres recoge de la guardería a Nicolás y después se va al colegio a por los tuyos. Total, solo está a tres manzanas y a ella le hace falta moverse —sentenció Montse.
—Mamá, acuérdate que vendré a comer todos los días a las dos y media. —Mi hijo Pablo removía el café  y veía la Formula 1 en  la tele mientras me hablaba. Él no había prestado atención a lo que habían dicho sus hermanas.
—Patricia, ¿no estarás para prepararle la comida a tu marido? —pregunté a mi nuera, que se dedicaba a escribir en el móvil sin prestar atención al resto.
—No. Tengo jornada partida y comeré en un restaurante con mis compañeros. No vuelvo a  casa hasta las cuatro.
—Pablo, cariño, ¿tú no puedes hacer  como tu mujer y comer fuera?
—Mamá, ya sabes que a mí me gustan las comidas caseras.
Aquella tarde fue cuando tomé la decisión. A espaldas de mis hijos,moví todo los hilos y preparé la escapada.  Cuando se dieran cuenta de mi huida ya estaría lejos.
Llegamos al aeropuerto y el taxista me dejó en salidas nacionales.
Arrastrando la maleta, me presenté ante un hombre que ostentaba un cartel en alto y se rodeaba de unas cuantas personas.
—Hola soy María Luisa Rodríguez Soto. Estoy en el viaje del IMSERSO que va a Benidorm, ¿es aquí?
El hombre miró una tablilla dónde sujetaba un papel con una lista de nombres.
—María Luisa, 70 años. Está usted apuntada ¿Ha traído su tarjeta sanitaria y todas las prescripciones médicas y las alergias que padece? —asentí y el muchacho continuó—. Bienvenida y felices vacaciones. Embarcaremos dentro de veinte minutos.

Durante un instante me quedó un resto de culpabilidad por haberme ido de la manera en que lo hice, pero se me pasó con la rapidez con la que mi avión cogió velocidad en la pista de despegue. Llevaba veinte años viuda, dedica a hijos, nietos, nueras y yernos. Ellos, a Dios gracias, tenían dinero de sobra para canguros, restaurantes, hipotecas y coches de lujo. Era hora de que yo también viviera un poco.