sábado, 7 de junio de 2014

Vidas Rotas.


Desesperado- Obra de Antonio del Moral Teruel.

Echó un vistazo alrededor y contempló las cuatro paredes que habían sido su hogar durante los últimos quince años. Se dio cuenta, que al contrario de lo que pasaba fuera, allí se acumulaban pocas cosas y todo lo que poseía cabía en una bolsa del Alcampo. Revisó por última vez el contenido de la misma: una foto con los bordes desgastados y rotos, donde aparecían su padre y su hermano sonrientes, la bolsa de aseo y una muda de ropa interior. El resto del equipaje, el que importaba, lo llevaba dentro, intacto.
Esperaba a que Faustino, el funcionario de prisiones, le trajera la orden de salida y, mientras lo hacía, un recuerdo volvió a tomar posesión de su mundo. Cerró los ojos y lo dejó entrar de nuevo, empapándose con él.

                                               *****
"En una habitación sin ventanas, ante una mesa de metal atornillada al suelo, su padre y él se enfrentaban por primera vez después del juicio. Guardaban silencio, sin saber muy bien a qué atenerse.

—Roberto…

—No quiero hablar más, papá. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.

—Necesito comprender por qué he perdido a mis dos hijos.

—Te puedes marchar tranquilo. Si lo que querías era un culpable, ya lo tienes delante.

Vi en el rostro de mi padre que no entendía mi actitud. Le miré desafiante.

—No sé cómo afrontar esto, hijo, échame una mano. Te observo y no encuentro en ti más que ira. No he visto ni una sola muestra de pesar por la pérdida de tu…—.Tomó una bocana de aire, el llanto casi no le dejaba hablar—. Ha sido un accidente y saldrás de aquí pronto. Tu abogado me lo ha asegurado. Pero me cuesta entender.

—¿Sabes padre?, tienes ante ti al culpable, pero si quieres al responsable ponte delante de un espejo, allí lo encontrarás —no podía más y salté— ¡¿Crees qué quiero tu perdón?! ¡Ahórratelo, como todo lo demás, todo lo que me negaste a lo largo de mi vida!

—¿De qué hablas? No entiendo lo que me dices. ¿Qué te negué?

Sentí calor en el rostro, el calor de la ira y la rabia, guardadas durante años, que me iban invadiendo. Me había convertido en una olla a presión y cuando explotó, pagó quien no debía, mi hermano. Sí, había sido un accidente, pero los culpables estaban sentados en aquella sala de visitas de la cárcel.

—Nunca obtuve de ti ni una palabra de aliento, te volcabas en Pedro como si fuese tu único hijo. Toda mi vida tuve que soportar: Pedro esto, Pedro aquello,… ¿Acaso alguna vez te ofreciste a ayudarme? ¿Algún día alabaste mi trabajo y mi esfuerzo?¡Piensa! ¡Tú y tu manera de diferenciarnos sois los culpables de lo ocurrido! ¡¿Crees que a estas alturas me importa una mierda tu perdón?! —le grité.

El funcionario se acercó a la reja a ver qué ocurría.

Guardé silencio con el rencor asomando en mis ojos. Solo vi a un pobre desgraciado, que se pasaría el resto de su vida sufriendo la pérdida de su hijo favorito. “¡Qué se joda!”, pensé.

—Roberto, no comprendiste nada. Jamás pediste mi ayuda, querías destacar y yo no quería interferir en tus logros. Me volqué en Pedro porque era débil y porque tú no me necesitabas. Siempre admiré tu fortaleza y tu inteligencia, pero no quise que esa admiración se convirtiera en tu debilidad. Eras como yo. Estaba orgulloso de ti y necesitaba que fueses duro para que, con el tiempo, te asumieras el control y dirigieras la empresa. No podía confiar en Pedro para eso…—titubeó. Las lágrimas le surcaban el rostro—. No seré yo el que deba absolverte, hijo. Tendrás que hacerlo tú mismo.

Vi a un hombre totalmente acabado. Había envejecido ante mí, en segundos. Se levantó y se dirigió a la puerta arrastrando los pies. La reja se abrió y se cerró tras él, dejándome solo.

Clavé los ojos en el metal de la mesa y un grito desgarrador surgió, dando rienda suelta al dolor. Reconocí la verdad en las palabras que acababa de escuchar y lloré desesperado. Por mi hermano, al que no podría devolver la vida; por mi padre, al que había destrozado para siempre, y por mí, porque sabía que durante los años que me quedaran no encontraría la paz.”

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Volvió al presente al oír abrirse la celda.

—Roberto, espabila, la libertad te espera —dijo Faustino con una sonrisa.

—La libertad no está fuera de estas cuatro paredes. Mi condena es a cadena perpetua.