lunes, 5 de enero de 2015

Terapia

   
Dame tu mano- José Carrascosa Castelló

 

     Embutida en un elegante traje de chaqueta negro se fundía con el sofá de piel del mismo color sobre el que se encontraba sentada. Podría pasar desapercibida en aquel entorno de oscuros sillones y luces atenuadas, a no ser por su melena rubia.

     Acababa de rellenar la ficha que le había entregado la recepcionista y repasaba mentalmente sus respuestas: “Nací en Madrid, estudios pre universitarios, me gusta leer, no he trabajado nunca, ningún tic ni vicio, me desenvuelvo bien en sociedad… sin hijos, viuda.” Cuando se abrió una puerta en la pared opuesta y un hombre con el semblante surcado de arrugas y sonrisa amable preguntó por ella.

     —¿Silvia Marín?

     —Soy yo —respondió apenas con un susurro.

     Se puso en pie, cogió el bolso que se encontraba a su lado y caminó despacio. 


     —Manuel Riaza.

     Él extendió la mano a modo de saludo y ella se la estrechó. Ambos se adentraron en la consulta. El psicólogo le recogió la ficha que ella acababa de rellenar y con un gesto le señaló un silla al lado de la mesa.

     —Buenos días señora Marín. Por favor siéntese.
    
     Mientras se acomodaban, Manuel  observó a la mujer con ojos críticos. Unos cincuenta años, rubia, ojos verdes, muy triste. No es que fuese una belleza, más bien al contrario y a pesar de no ser  una mujer menuda, daba sensación de fragilidad y su manera de mirar la hacía parecer vulnerable.
     
     —Doctor Riaza… —comenzó Silvia.
     
     —Los psicólogos no somos doctores. Si  quieres dejamos  las formalidades a un lado. Mi nombre es Manuel. —Ella asintió y él continuó—. Bien. Al solicitar la cita me hablaste de un problema. Me comentaste que después de la muerte de tu marido no has sido capaz de asumir la situación, que no te sientes  con fuerzas para coger las  riendas de tu vida. ¿Cuánto hace que falleció?
     
     —Dos años
    
      —¿Has hablado con alguien de cómo te sientes? —Silvia negó con la cabeza. Manuel vio todo el dolor que acumulaba aquella mujer— ¿Fue un matrimonio feliz?
     
     —Sí. —Sacó del bolso un pañuelo y se secó las lágrimas —También tuvimos nuestros problemas como todos, pero no eran importantes.
    
      —Voy a dejar las preguntas y cuéntame  lo que te apetezca. Da igual por donde empieces.
     
     Manuel  se acomodó en su sillón. Quería dar la sensación de que esperaría a que ella se decidiera y la escucharía con atención. Ella  bajó la cabeza y comenzó. Al principio en un tono bajo que fue normalizando a medida que hablaba.
    
Tristeza- Mariela Monica Montes

     —El veinticinco de marzo a mi marido le diagnosticaron un cáncer. No existían antecedentes, carecía de síntomas y ni siquiera tuvo fiebre; mi marido era un roble.  Cómo cada año se realizaba  un reconocimiento rutinario y cuando acudimos a recoger los resultados, nos echaron el jarro de agua fría; no lo esperábamos. Aún tengo grabadas a fuego las palabras de su médico, casi sin atreverse a mirarnos a la cara: “señor Medina, tiene un cáncer terminal con afectación a varios órganos importantes. No le voy a mentir, los tratamientos no servirán en este estadio de la enfermedad, aunque existen paliativos para cuando usted los necesite...” Después un silencio frío reinó en aquella consulta. —Silvia se cerró la chaqueta instintivamente—. Lloré, rogué e imploré clemencia, convertí al médico en un juez que pudiera conmutarle la pena de muerte, que pudiera absolverle del único delito que había cometido, estar vivo. Sin embargo, Pablo se mantenía tranquilo, como si hubiera esperado esa respuesta sin buscarla. Guardó silencio y solo después de que me calmara, dio las gracias al médico y salimos de la consulta. —Silvia realizó una inspiración profunda antes de continuar—. En sus últimos meses, mi marido intentó atar todos los cabos sueltos y comenzaron las despedidas sin decir adiós. Eso fue lo más terrible, él no quería que nadie supiese que le ocurría y tener que ver la mirada de compasión de los amigos o la familia; solía bromear diciendo que de eso tenía  bastante conmigo. Yo me preocupaba esperando que en algún momento acabara  derrumbándose, pero él siguió llamando, escribiendo cartas atrasadas y poniendo todo los papeles en orden. —Silvia tragó saliva; cada vez le costaba más trabajo hablar.
    
      —¿Quiere tomarse un descanso? O si lo prefiere lo dejamos aquí y le doy cita para mañana.
     
     —¡No! —gritó—. Perdón, no quería alzar la voz. Prefiero seguir y acabar con esto de una vez.
     
     —Muy bien, cuando estés preparada continúa.
     
     —Los días pasaban y veía claramente el deterioro físico que experimentaba. Cada vez le costaba más trabajo escribir o mantener una conversación fluida. Por más que insistía para que descansara,  Pablo se empeñaba en señalarme la gente con la que había compartido su  vida y a la que debía dar las gracias por su amistad. —Los ojos de Silvia se humedecieron—. El veintitrés de abril terminó con todas las tareas pendientes y me dijo que todo el tiempo que le quedaba era mío—Silvia se permitió una pequeña sonrisa—. Nos sentábamos en el dormitorio, junto a la ventana, y mirábamos  las hermosas colinas que teníamos enfrente. Con las manos unidas, charlábamos sobre las anécdotas de juventud, que había significado nuestra  vida en común para cada uno y nos dijimos todo aquello que nunca pudimos o quisimos contarnos. De esta manera dejábamos pasar el tiempo que nos restaba conociéndonos por primera vez. — Entornó los párpados—. La tarde del dos de mayo me entretuve observando el jugueteo de unos gorriones que revoloteaban en el jardín. Una ráfaga de aire fresco entró por la ventana que me hizo tiritar y me volví a preguntarle si sentía frío. Sus ojos me miraban vacios. Una única lágrima había resbalado de ellos; me sonreía. —Silvia lloraba sin control— ¡Estaba distraída cuando se marchó y no me pude despedir de él!


     Manuel pensó que aquella mujer se había despedido más que muchos otros,  pero eso no lo iba a entender de momento.