lunes, 4 de agosto de 2014

Verdad oculta.

Capilla Sixtina - Miguel Angel.


   Nunca tuve claro desde cuando poseía aquel don, aunque sí recuerdo la primera vez que lo sentí. Fue en las Navidades de mi tercer año de vida. Mi madre me había llevado a Domino’s, el Centro Comercial,  para entregar mi carta a Santa Claus. Cuando me tocó el turno y me senté en su regazo, supe sin que nadie me lo dijera que a Santa no le gustaban los niños de la misma manera que a mi padre u otro adulto. Aún perdura aquella  sensación desagradable y  a partir de entonces procuré evitar encontrarme cerca de ellos. 

   Unos años más tarde descubrí la facultad con la que la naturaleza me había dotado: Podía leer la mente de las personas y separar las mentiras de las verdades y, para conseguirlo no necesitaba ningún tipo de estrambótico ritual. Sucedía cuando cogía  las dos manos de cualquiera a la que deseara sonsacar.

   Nunca hablé de esta circunstancia con nadie, ni siquiera con mis padres. Al principio, siendo un niño, porque pensé que era algo natural y que todos lo tenían. Debido a mi error aprendí a decir la verdad en todo momento. Más tarde, cuando deduje que podía ser el único que poseía el don, me dio miedo aparecer como un bicho raro y también guardé silencio. Con los años aprendí como sacar partido de ello, aunque siempre de manera comedida, para no llamar la atención

   El extra que traía de serie (como yo lo llamaba) me permitió terminar mis estudios de periodismo con algo menos de esfuerzo que al resto y conseguir un trabajo como reportero en la Voz, un diario de tirada nacional.

Poco a poco fui sobresaliendo en reportajes de investigación. Parecía, en palabras del director, que era el único inteligente en todo el periódico, capaz sonsacar la verdad a personajes de los bajos fondos, políticos corruptos o empresarios con dinero en paraísos fiscales. De esta manera me gané fama y algo de fortuna. 

 Me había casado hacía diez años con una preciosidad que conocí en la Facultad. Tampoco le confesé mi pequeño secreto,  por miedo a que no lo entendiera, pero a cambio me prometí que nunca lo utilizaría con la familia. Di el sí quiero en nuestra boda a la manera tradicional, sin contar con ningún apoyo quimérico, solo el estar perdidamente enamorado de Clara y aceptar su palabra de que ella también me amaba.

   Nuestra vida había sido fácil y tranquila. Mi mujer trabajaba en una revista dedicada al mundo de la moda y compaginábamos los deberes profesionales con el cuidado de Gerard, nuestro pequeño de tres años. Le observaba a menudo, esperando ver si mi “regalo” podía heredarse o, sencillamente, yo era otro eslabón perdido en la cadena evolutiva. Tenía sentimientos encontrados ante la idea de que mi hijo poseyera la misma destreza que yo. Pensaba que podía ser peligroso si no  se  le educaba de la manera correcta. 

   Aunque mi hijo no mostraba síntomas, previniendo que pudiera poseer el don, me convertí en alguien muy exigente con su conducta, considerando que debía ser recta. Esta era la única cuestión en la que Clara y yo  estábamos en desacuerdo. Ella  protestaba porque no le dejaba equivocarse como todos los niños. De todas maneras,  hacía un tiempo nuestra vida en común iba dejando un rastro de inseguridad en mí. Tenía la impresión de que los sentimientos de mi mujer habían cambiado. Algo me decía que mi matrimonio hacía aguas.

Caminando hacia la luz - obra de  Juan José Blanco Lozano.
   Aquella mañana, me encontraba de vigilancia frente a su oficina porque estaba a punto de destapar los negocios sucios de su director adjunto. A Clara no le dije que estaba detrás de su jefe. Le vi salir y me bajé del coche. Cruzaba la calle para tropezarme con él y entrevistarle cuando apareció mi mujer. Me detuve indeciso, el tiempo suficiente para ver como ambos entraban en el restaurante de al lado. Desde la acera de enfrente observé, a través de los cristales, una conversación que parecía divertida e íntima. Sus rostros estaban demasiado juntos para ser algo relacionado con el trabajo o, por lo menos, eso me pareció a mí. 
Una sensación de ahogo me invadió y tuve que marcharme. No quería cometer ninguna estupidez.

   En mi despacho me dediqué todo el día a dar vueltas al asunto sin encontrar una respuesta evidente.  Cuando llegué a casa por la tarde ya había tomado la decisión de utilizar mi poder para averiguar la verdad sobre la relación de mi mujer con su jefe.

   Clara estaba en la cocina terminando de preparar la cena. Vi como metía las alitas de pollo en la freidora y resoplé. A mí no me gustaban mucho, pero a Gerard le encantaban.

   —Hola cariño, ¿qué tal el día? ¿Mucho trabajo? —sonreí mientras extendía las manos para recibirla. Solo necesitaría un par de segundos para saber a que me enfrentaba y conocer la verdad.

   —Bien —dijo mientras recorría el trecho que nos separaba.

   En un instante me di cuenta de lo que  estaba a punto de hacer. Dejé caer los brazos y le di la espalda, caminando hasta el fregadero.

—Perdona, estuve cambiando los filtros al coche y he notado  que aún llevo olor a gasolina —mentí, por primera vez, mientras metía las manos bajo grifo abierto del fregadero—. ¿Le queda mucho a la cena? ¡Estoy hambriento!

   Me había sentido como un violador y comprendí que no debía jugar a ser Dios. No quise saber los secretos de Clara y comprometer todo mi mundo, que podría acabar derrumbándose como un castillo de naipes. Porque, si ocurría, ningún don sobrenatural podría arreglarlo después. De momento solo me quedaba esperar.

   —No, estoy terminando ya. Pon la mesa —me contestó ella sonriendo, al tiempo que me dejaba un beso en la mejilla.