viernes, 22 de agosto de 2014

La institutriz

werrington Park - J. Owen.

Mary bajó del carruaje. El cochero, después de depositar la maleta a su lado, subió al pescante y azuzó a los caballos, desapareciendo por el mismo sitio por el que había venido.

Nadie había salido a recibirla y permaneció de pie a la entrada sin saber muy bien qué hacer. Indecisa, contempló el que sería su hogar durante los siguientes meses: Ashley Hall, la mansión de Sir James Rufford.  Con admiración  echó una ojeada a todo lo que alcanzaba la vista. Se fijó en los bien cuidados jardines, a los que se podía acceder por paseos limpios de malas hierbas,  franqueados por setos muy bien podados y árboles que cobijaban del sol. Había bancos de piedra situados de trecho en trecho.  Un lugar muy apetecible  en los que descansar después de un paseo o para disfrutar de un buen libro a la sombra de aquellas enormes frondas.  Más allá, un bosque cubría todo el horizonte cerrando la propiedad a miradas indiscretas.  


La mansión  tenía una formidable fachada  clásica. Un par de columnas sustentaba un tejadillo que encapuchaba una puerta señorial de doble hoja con enormes aldabas de bronce bien pulidas y abrillantadas. Se accedía a través una escalera de piedra, desgastada por el uso.  Según la prensa, aquella casa  había acogido a lo más granado de la sociedad londinense e, incluso, la familia real había tenido a bien hospedarse en ella. Todo eso se había acabado con la muerte prematura de Lady Rufford, la esposa de milord.
Debido a la  viudez del conde, la habían contratado como institutriz de sus hijos, Peter y Susan, de 6 y 8 años respectivamente. Esa era la razón por la que Mary  se encontraba allí. Existía otra, pero ésta sólo la conocía ella.

pintura de Adrian Carpentiers
Un par de meses antes, Mary Matterson (por precaución había optado por utilizar el apellido de soltera de su madre, en realidad era Mary Saford) había llegado a Londres  buscando algún indicio sobre la desaparición de su hermana. Las últimas noticias de Rose, hablaban de un empleo en Ashley Hall, y aunque las autoridades dictaminaron fuga con persona desconocida, cerrando el caso,   tanto su madre como ella estaban en desacuerdo. Ese  no había sido  el modo de comportarse  de la más pequeña de los Saford.  Rose  escribía a menudo, y en la última carta que recibieron les comentaba que tenía algo importante que contarles. El juez decidió que la noticia a la que Rose aludía no era otra que su boda secreta con algún lugareño y temiendo las represalias de la familia se había escapado. De hecho, por aquel entonces, también había desaparecido un joven trabajador de la mansión. 

Mary no pudo creer en su buena suerte cuando el periódico publicó un anuncio solicitando una institutriz para Ashley Hall. Cursó una misiva a la agencia de colocaciones adjuntando certificados sobre su experiencia y esperó impaciente una respuesta. Una semana más tarde, recibió un mensaje en mano en el cual se la citaba para una entrevista.

En la reunión, además de sus obligaciones le comentaron de pasada  que no era la primera niñera en ostentar el cargo en los últimos años. Haría la número dieciséis. Al  preguntar las razones de los abandonos de las demás institutrices, le indicaron el carácter reservado de la información y que sería Sir James quien diera las explicaciones pertinentes, siempre y cuando aceptara el empleo. Ahora bien, necesitaban su contestación en un plazo breve dada la urgencia de la situación. Mary, después de vacilar unos segundos, aceptó.

Después de salir de la agencia y se encaminó hacia la Biblioteca, lugar en el que solía pasar mucho tiempo. Buscó la sección donde se guardaba los periódicos intentando encontrar noticias sobre todo lo relacionado con la mansión de los  Rufford.

Se sentó  a ojear el diario  que se hallaba encima de la mesa. Miró la fecha 13 de mayo de 1890.  Hacía tres meses de la publicación.  En la página de sucesos  aparecía una foto de la mansión con una pequeña reseña sobre el aniversario de la muerte de lady Rufford. Mary leyó con atención el artículo. Iba a guardarlo, cuando algo llamó su atención.  Acercó más la página  a su cara y se levantó de un salto. Corrió a un estante en busca de una lupa y examinó la fotografía que aparecía en el periódico. El asombro se dibujó en su rostro siendo sustituido por  un rictus de preocupación. Vigilando que nadie la sorprendiese, arrancó la hoja del diario y en el lateral anotó la fecha.

Mary volvió al presente al advertir  que ya no se encontraba sola. En lo alto de la escalinata había aparecido Sir James con los dos pequeños. La joven  les observó mientras bajaban los escalones que los separaban de ella.

pintura de Joshya Reynols
Lord Rufford personificaba a un perfecto caballero que no incluía en su atavío ningún detalle fuera de lugar o que no estuviesen a la moda. De sus rasgos cabía destacar los ojos negros que miraban de manera inquisitiva y la mandíbula cuadrada. Una sonrisa fría le servía para mantener las distancias, y según contaban, eran  pocos los que se habían atrevido a desafiarle. Era mortal con las pistolas de duelo, su puntería era legendaria.

El pequeño Peter era el vivo retrato de su progenitor, aunque sus ojos mostraban calidez y la amplia sonrisa sí invitaba al acercamiento.

Susan se asemejaba a un querubín salido del cuadro de Joshua Reynols. El pelo rubio peinado con graciosos tirabuzones y los ojos claros debían ser herencia materna. Mary pensó que cuando creciera se convertiría en una joven muy hermosa que partiría el corazón a multitud de pretendientes.

A llegar junto a ella le presentaron su respeto y conversaron unos minutos sobre  el viaje y si no le  había resultado demasiado gravoso. Después, los pequeños permanecieron fuera jugando, mientras los dos adultos se encaminaban  al interior de la casa.
 Cuando subía las escaleras Mary sintió un escalofrío y giró la cabeza encontrándose con los ojos de los niños fijos en ella. Unos ojos  que destilaba maldad. Se paró en seco y cuando Lord Rufford se volvió, sus hijos cambiaron la expresión por una angelical.  

Si no fuera porque en la fotografía del diario había visto a su hermana en lo alto de la torre norte, en una fecha que se la daba por desaparecida,  habría  corrido de allí como alma que llevara el diablo. Pero, a pesar de todo, decidió quedarse.