domingo, 16 de marzo de 2014

El comienzo


A veces exigimos esfuerzo que después no valoramos como debiéramos. No pensamos en todas aquellas trabas que se han tenido que sortear para conseguir llegar a la meta.
Juguetes de niños- Jorge Gallego.

   Se levantó con mucho trabajo sujetándose a la red que cerraba el recinto donde lo habían mantenido encerrado durante un tiempo, pero esta vez por fuera. Después de muchas protestas por fin lo habían soltado. Miró a lo lejos con avidez, tenía hambre y sabía que la comida se encontraba al final del camino. Midió la distancia que le separaba del botín sopesando las posibilidades de alcanzarlo sin un rasguño. Quizás podría conseguirlo si buscaba sostenes y sorteaba los peligros que le acecharan durante el trayecto.

   Dio un primer paso inseguro y estuvo a punto de irse al suelo. Sabía que solo tenía una oportunidad y si se caía no le dejarían probar de nuevo. Un coche rojo se interponía en su ruta. El parachoques parecía una boca sonriente y detrás del parabrisas unos enormes ojos, que nunca le gustaron, observaban sus movimientos sin pestañear, siempre vigilantes, parecían estar riéndose de él y diciéndole que no lo conseguiría. Dio un pequeño rodeo para evitarlo y se aferró con fuerzas a un saliente que ocupaba la mayor parte de la distancia a recorrer. Tenía fisuras y apoyos en los que colocar los pies y las manos. Miró hacia arriba, aquella oscura pared se extendía hasta donde alcanzaba la vista y pensó que dentro de un tiempo podría escalarla. Seguro que en la cima encontraría tesoros increíbles. Desde lejos había visto como brillaban cuando el sol incidía sobre la cumbre. Sujetándose a este improvisado sostén fue avanzando poco a poco. El camino se hacía interminable.

   Se paró. Cansado echó un vistazo a la distancia recorrida y a la que le quedaba por salvar, aún era considerable. Lo más difícil sería sortear un enorme perro dormido que solía ladrar sin venir a cuento, era demasiado escandaloso y alertaba a todos. Consiguió pasar cerca sin que notara su presencia, pero casi se va al suelo por culpa de un montón de bloques de construcción desparramados que se habían caído de un camión volcado a un lado. Un poco más allá del vehículo se levantaba una pared que habían comenzado esa misma mañana y, ahora, solo eran una traba más que sortear para llegar a la meta. Más tarde volvería y la echaría abajo.

   Miró a lo lejos y vio a su caballo que pastaba en una solitaria pradera verde y mullida. Menos mal que allí podía comer tranquilo. Iría a recogerle cuando lograra terminar con éxito su misión.

   Ahora venía la parte decisiva. Tendría que salvar el último trecho sin ningún tipo de asidero, sabía que si se desplomaba podría hacerse mucho daño. Se armó de valor y avanzó con cautela, despacio, solo quedaba un esfuerzo más, los últimos pasos. Por fin llego y se dejó caer exhausto. Al cabo de un segundo le sujetaron con fuerza y sintió que los pies se alejaban el suelo. Miró hacia arriba con su sonrisa desdentada, extendió las manos y solicitó su premio.

   —¡Toma tu galletita, mi niño! ¡Ay mi chiquitín precioso que ha dado sus primeros pasos! ¡Deja que venga papá y se lo cuente! Tendrás que repetirlo para él, la próxima vez lo haremos sin agarrarte al aparador, ¿verdad?

   Un sudor frío le recorrió la frente solo de pensar que tendría que volver a realizar aquella travesía.