miércoles, 25 de febrero de 2015

Pablo o el sabor de la venganza.



     Soy Mariló y confieso haberme alegrado una vez  de la desventura de mi hija. Tal vez suene dramático  y se me vea como a una mujer perversa, pero no es así. Solo es el momento de resarcimiento  que buscamos todas las madres cuando tenemos hijos que resultan difíciles de llevar de pequeños, que cometen una trastada  tras otra y se pasan la infancia poniéndonos las cosas difíciles.  Porque, señores,  niños terribles haberlos hay los, como las meigas.

     Empezaré mi relato por el final. Hace unas semanas acudí a Madrid a ver a mis nietos: Nicolás de ocho meses y Pablo, el protagonista de esta historia, que tiene dos años.


     Después de un largo viaje en tren llegué a casa de mi hija y una vez que me sacié de dar abrazos, besos y achuchones, eché una ojeada crítica al salón; acababan de comprarse muebles nuevos después de unos años viviendo en la república independiente del  Ikea.

     Un bonito sofá en tonos verdes, un mueble de madera oscura limpio de polvo  con pocos adornos y muchos libros, que en eso mi Gema ha salido a mí. Un cuadro abstracto adornaba una de las  paredes y sin entender mucho de arte, me pareció  interesante la gama de colores que armonizaban con el entorno. Al echar un vistazo al otro lado de la habitación fue cuando me quedé sin habla. En aquel instante supe que Dios existía y era justo.

     Sentí la mirada de mi hija clavada en la nuca. Intenté que no saliera de mi boca  lo que un día le predije siendo niña, pero no pude resistirme.
     
     —Gema, reina, me alegra saber que mi nieto ha recogido el guante que lancé hace años  y se ha vengado por mí—dije, soltando una carcajada y cogiendo en brazos al asombrado Pablo.

     Os contaré lo que vi. La pared blanca y recién pintada, a la altura de mi nieto, aparecía decorada con todo tipo de rayas multicolores. Toda era un conglomerado de líneas de distintos grosores y texturas: lápices, ceras, rotuladores… El blanco del fondo casi había desaparecido.

     Después de darle dos besos de los que dejan marcas indelebles, esos que solo saben dar las abuelas, le dije a mi niño.

     —Cariño, acabas de convertirte en mi nieto preferido. Gracias por haber hecho realidad lo que pedí cuando tu madre se dedicaba a pintar el Guernica en mi pasillo: ¡Ojalá tengas un niño tan travieso como tú, que te tenga en danza todo el día!, —sonreí ante aquel recuerdo dulcificado por el tiempo—. La abuela te va a regalar la caja más grande de rotuladores que podamos encontrar para que sigas explorando esa vena artística que pareces haber heredado.
La cara de mi Gema era un poema, aunque sabía que yo no iba a darle al niño herramientas para martirizarla, y que si veía a Pablo coger los lápices,  para dedicarse a la pintura mural, no iba a permitírselo.

     Pero madres,  ¿no pensáis que la venganza es dulce?...Claro que lo es, siempre que no lleve efecto rebote, y esta vez venía bien cargada. Mi hija sigue siendo la misma niña llena de recursos y ya me ha llamado para que en mis próximas vacaciones les ayude a pintar el salón. Sabe que no me voy a negar.

     Antes de colgar  el teléfono le oí decir a mi yerno:
     —Sergio,  la que ríe la última ríe dos veces. Eso también me lo enseñó mi madre.


     Al menos  me consta que mi hija  sabe poner al mal tiempo buena cara  y que ese legado, reaccionar ante a la adversidad,  se lo legará a mi nieto Pablo.