miércoles, 4 de febrero de 2015

Los lamentos del Moro.



El lamento del moro- Francisco Padilla

     En lo alto de una loma, unos jinetes contemplaban desolados la ciudad que habían dejado atrás. Uno de ellos, el más joven, lloraba e intentaba atesorar todos los colores y matices que habían conformado el paisaje de su vida y la de sus antepasados hasta aquel momento.

     —¿Por qué lloras? ¿Te sientes culpable por perder lo que es nuestro?

     —Sí madre. He fracasado y vos conmigo. Ya no queda nada por decir. Debí haber hablado antes pero obcecado por el poder no vi que me llevabais a la ruina. ¿No deberíais sentir pesar vos también?

     —Eres hijo y nietos de sultanes. Poseías el reino con mayor esplendor de la tierra conocida y  no has conseguido mantenerte  en el trono. Mira la hermosa vega llena de frutales que rodean el palacio más imponente jamás construido y la ciudad que se rindió a tus pies y ahora, debemos abandonar todo. ¿Hijo mío, a dónde iremos? ¿Cuál será nuestro destino? ¿Dónde reposaran mis pies ya cansados?


     —La reina Isabel nos ha concedido un pequeño rincón en las Alpujarras. Aunque es posible que tarde o temprano nos expulsen y nos convirtamos en apátridas sin un lugar al que llamar nuestro.

     —¡Como odio a la castellana,  no ha traído más que desgracias a nuestro pueblo! ¡Ojala arda en el infierno de su Dios!

     —Sí, ahora la odiáis pero cuando me obligasteis a pactar con ella para despojar del trono a mi padre, no tuvisteis reparos; fue una buena aliada, ¿no es cierto? Aunque se os olvidó una cosa: Si os acostáis con una víbora tarde o temprano os morderá.

     —¿Me lo echáis en cara, hijo? Acaso, no lo hice todo  por ti. ¿Me odias, por ello?

     —No, no os odio. Reconoced que no fue por mí. Me metisteis en medio de una reyerta que solo le incumbía al sultán y a vos. —Apenado miró a su madre—. Todo ha sucedido a causa de vuestra venganza hacia mi padre,  por  haber traído a palacio a su nueva esposa Zoraida ¿Qué os dolió más que os expulsara del harén o que fuese cristiana?

     —Eres hombre y no lo entiendes ¿Acaso no fui una buena compañera del sultán y su apoyo más fiel en todas las cuestiones de estado? ¿No le di un heredero? ¿Qué le dio esa ramera? Nunca creí que la Solís se convirtiese a nuestra religión ¡Que la paz y las bendiciones de Allah sean con él de todas formas! Sospecho que actuó como espía de la reina católica para minar el trono. Desde que ella llegó hemos sido débiles y eso ha servido para que  los cristianos nos despojasen de todo. Ella fue la que trajo la desgracia.

     —Madre, sois hermosa. Tu nombre, Aïxa al-Hurra, se escucha en todos los rincones de los reinos mozárabes a este y al otro lado del mar. No necesitabais competir con la cristina. Mi padre se hubiera avenido a razones en poco tiempo y con él gobernando, aún conservaríamos Granada.

     —¿Me echas la culpa de tu debilidad? Los cristianos te llaman Boabdil el Chico con acierto. —Orgullosa levantó la cabeza—. Tu desgracia es que no has sabido pelear como un hombre y ahora te escondes tras mi gilàba, culpándome de tus errores.

     —¡No sigáis por ahí! ¿No veis mis ojos llenos de lágrimas? Lloro, sí. Recuerdo el sonido del agua de las fuentes en el patio de los leones donde jugaba en mi niñez  y sé que no volveré a escucharla nunca más. Me entristece no haber podido conservar todo ello. Cargasteis demasiado sobre mis jóvenes hombros porque  vos no supisteis conservar el amor de vuestro esposo.

    —No hables así a tu madre,  puse el mundo  bajo tus pies —le reprochó volviendo la cara.

    —Madre, yo nací aquí, era mío y seguiría siéndolo después de recibirlo de manos de mi padre. Sin vuestra precipitación y sed de venganza puede que no lo hubiéramos perdido. —Espoleó al caballo y le dio la espalda a la ciudad—. Despedíos de Granada porque nunca volveréis  a pisar esta tierra. Vuestro justo castigo y mi expiación.