martes, 8 de julio de 2014

Recuerdos


        La habitación estaba casi a oscuras excepto el rincón donde una lámpara encendida colocada sobre un escritorio abría un círculo de luz. Aquella escasa claridad dejaba en penumbra el resto de la pieza y apenas se apreciaba su distribución. A pesar de tener un buen tamaño no había muchos muebles y daba la sensación de que para la inquilina, la decoración no era un tema importante.
   
El escritorio se apoyaba en la pared debajo de un ventanal; la persiana levantada permitía ver el declive de la tarde. A cada lado de la mesa, contra el muro, se apoyaban estanterías repleta de libros apilados sin ningún orden concreto. Los volúmenes, la mayoría de ellos adquiridos en tiendas de segunda o tercera mano, tenían el aspecto de haber sido leídos y releídos muchas veces. Casi todos padecían algún tipo de herida: tapas cuarteadas, trozos de celo sujetando los lomos, páginas sueltas que asomaban a medias o cantos deteriorados y doblados por el uso. Eran hermosos aún en su vejez y sus moradas de madera dispensaban una especie de lugar de reposo para aquellos tomos ya ajados. Se notaba que la propietaria de aquella biblioteca pasaba muchas horas en su compañía.

Sobre el escritorio,  la luz dejaba al descubierto un par de fotos enmarcadas. En una de ellas se veía una pareja de adolescentes delante de una puerta, sonreían a la cámara. La otra era el retrato solo del joven algo más mayor, unos veintitantos años, con el pelo un poco alborotado. En su mirada se apreciaba la alegría y las ganas de vivir de la juventud. En el centro de la mesa, un bolígrafo y unas hojas en blanco esperaban pacientes.

El rostro de una joven entro dentro del círculo iluminado. La melena larga sobre la cara apenas dejaba ver nada más que una nariz recta. Sujetó el bolígrafo y en aquel pliego comenzaron a aparecer letras, palabras, oraciones. Un torrente de sentimientos se abría paso en aquellas inmaculadas páginas. Escribía una carta.


Querido Pedro:

Aquí estoy de nuevo contigo como cada noche desde que nos separamos. Te echo de menos, y hoy especialmente, ya sabes que es mi cumpleaños y el aniversario del día que te declaraste por primera vez. ¿Recuerdas? Ambos éramos tan jóvenes. Cumplía 13 años y eran las últimas horas que pasaríamos juntos aquel verano. Esa tarde te marchabas a estudiar a Madrid.

Si cierro los ojos puedo ver cada momento de aquel día. No fue especialmente caluroso, amaneció con una capa de nubes bajas que pasaron del blanco níveo al gris marengo. Nubes que se veían cargadas y orondas con el aspecto que le dan los niños cuando las dibujan sobre el papel.

Nos conocíamos desde siempre y habíamos jugado juntos desde que éramos unos críos. Aquella tarde me llevaste por un sendero que serpenteaba en mitad del bosque y terminaba en un claro.  Te noté algo nervioso, distinto. Más tarde descubrí el motivo.

En ese pequeño rincón se encontraba el tocón de un árbol, acababas de descubrirlo y querías mostrármelo. Allí, en el centro de aquel lugar,  rodeados de pinos como únicos testigos, cogiste mi mano y me dijiste muy serio que querías que fuese tu novia. Querías mi promesa de que iba a esperarte hasta las vacaciones de Navidad y cuando fuésemos mayores me pedirías que me casara contigo. Te miré, sonreí y asentí porque supe, sin la menor duda, que cumplirías tu promesa. Sellamos nuestro compromiso con un inocente beso.

Sacaste una pequeña navaja del bolsillo que te había regalado tu abuelo y con esmero grabaste nuestras iniciales en el tronco. Al terminar comenzaron a caer las primeras gotas. Llegamos a casa corriendo y empapados. Ese día el rapapolvo de mi madre ni siquiera me mereció un comentario porque estaba feliz.

Te marchaste a Madrid a estudiar y fui sabiendo de tus aspiraciones, de tus metas, de tus logros, pero  sobre todo de tus sentimientos hacia mí que iban creciendo día a día. Al igual que los míos.

Mi corazón palpitaba con rapidez cada vez que alguien pronunciaba tu nombre. Con tus visitas, tus llamadas o tus cartas fuiste poniendo color a mi vida, diste sentido a las canciones de amor. Arropada por tu cariño no noté los largos inviernos que estabas ausente. En aquel momento no sabía expresarte lo que significabas para mí, intentando sin conseguirlo dibujarte mis sentimiento.
¿Cómo describirte un beso?, ¿cómo pintar una caricia? o ¿cómo poner en palabras lo que ocurría a mi corazón cuando estabas cerca?

Ahora lo sé. Tus caricias se parecían al roce de la brisa marina en los atardeceres de verano. Tus besos sabían al dulce aroma del humo saliendo de las chimeneas en los días fríos de invierno, a fresca agua de manantial cuando la sed apremiaba, al sabor del vino añejo criado en barricas de roble. Recuerdo que cuando me mirabas mi cara se teñía con el rubor de una adolescente ante su primer amor.
Veía en ti la ternura que ahora observo en la mirada de un padre cuando el hijo se aferra a su mano. Me ahogaba en el profundo mar que eran tus ojos. Supiste encontrar en mi lo que nadie vio. Contigo me sentía hermosa, inteligente, divertida. Me acompañaste en el camino de la adolescencia y juntos dejamos de ser niños y comenzamos a sentir como adultos.

Lanzo estas  palabras al aire y te cuento ahora, todo lo que no tuve oportunidad de decirte, a sabiendas que no encontrarán respuesta, porque una mañana, en un instante, decidieron nuestro futuro. Nuestra vida quedó enterrada entre un montón de amasijos de hierro un 11 de marzo cuando, cumpliendo la promesa que me hiciste, venías a buscarme.

Ha pasado tiempo y aún revivo el dolor, el duelo, los pésames. Recuerdo de nuevo la cara de tus padres con la mirada de asombro, como si aquella historia no fuese con ellos y en cualquier momento te verían aparecer. Yo sabía que nunca más volverías y eso hacía que mi dolor fuese más real, más intenso, sin posibilidad de esconderlo o disfrazarlo para no sufrir.

Cariño, todavía no he encontrado la manera de superar el dolor y la pena. Aún sigo lanzando mis preces al universo a la espera  que encuentren la estrella que te cobija y recibas “mi te quiero”. Sigo escribiéndote cartas cada noche que deposito cada mañana en nuestro rincón del bosque, donde te siento más cerca. Sé que en alguna parte me estás mirando y me llevas de la mano, enseñándome qué hacer con mi día a día, intentando que aprenda de nuevo a caminar sin ti.
Mi vida, te dejo aquí los mil y un besos que nos robaron y nunca nos fueron devueltos.

La muchacha dejó el bolígrafo sobre la mesa y apagó la lámpara.

El cielo estaba raso y no había ni una nube que entorpeciera la visión de los millones de estrellas que resplandecían en lo alto. La salida de una enorme luna llena, reina de aquel universo silencioso, vino en ayuda de las tinieblas que se apoderaban de la habitación consiguiendo disipar algunas sombras. Uno de sus rayos entró por la abertura e incidió sobre la carta. Desde la oscuridad  caían gotas, enormes y dispersas que se estampaban contra el papel formando manchas asimétricas y emborronando algunas palabras.