martes, 8 de abril de 2014

Paseo hasta Prado de Osma ( El Almendro )



Desde mi regreso al pueblo, he recorrido en numerosas ocasiones el sendero que conduce hasta la ermita. Son apenas seis kilómetros de peregrinaje para los devotos, o un buen paseo por el campo, para bajar ese poquito de colesterol que se acumula por el exceso de vida sedentaria. Casi siempre he ido acompañada, sin apenas apreciar la belleza que la madre naturaleza me muestra en cada rincón. Hoy he preferido ir sola, observando todo lo que el lugar puede ofrecer.

Es una preciosa mañana de primavera. El cielo, de un rosa intenso, me muestra un astro rey que comienza a despertarse debajo de un edredón de nubes, desperezándose sin prisas. Durante mi paseo, voy disfrutando de lo bonita que se encuentra la dehesa en estas fechas. Las jaras ataviadas de lunares blancos, adornan el traje verde de la campiña, que gitana como es, se engalana para recibir a los romeros a la grupa de sus caballos. De vez en cuando, me cruzo con algunos conejos a los que molesto con mí deambular. Contemplo los troncos rugosos y retorcidos de las encinas centenarias, que adornan los márgenes del camino. Sus frondosas ramas caen sobre el mismo, resguardándome del inclemente sol que ya reina sobre los cielos, sin una nube que le haga sombra. Una brisa suave procedente del sur, mueve las hojas. Su rumor acompaña al trinar de los pájaros. Además, me trae el aroma a hierba fresca regada con el rocío de la mañana.

Me viene a la mente la cantidad de antepasados que dejaron sus huellas por los mismos sitios que yo, asentando con sus pies el polvo, y dando forma a esta cañada a través de los siglos. En la soledad del camino, ante una naturaleza que se renueva cada instante, pienso que ellos, los romeros que me precedieron, quizás llevarían la misma intención que yo: presentar a Nuestra Señora sus penas y sus inquietudes, sus alegrías y sus problemas, o darle gracias por algún favor concedido. Estoy segura que el corazón no cambia, cuando se trata de preservar el cariño y la devoción, hacia lo que consideramos nuestro.

Durante el trayecto, reflexiono sobre mi vida, y en qué cosas me gustaría que me echaran una mano, esperando que la Señora que habita en el prado me ayude. Me acuerdo que debo rogar por la salud y el bienestar de mis hijos y del resto de conocidos y por conocer, y por supuesto, ¿quién no pide un poco de suerte, por si acaso?

Sin embargo, cuando llego a su ermita, colándome en su casa casi de puntillas, para no importunar al silencio, y contemplo su hermoso rostro, me doy cuenta de que quizás pido demasiado y somos muchos a los que debe socorrer.

«Señora, échame una mano cuando la carga sea tan pesada, que tu comprendas que no voy a poder soportarla, y señálame el camino en todo aquello que sabes que puedo emprender sola, aunque me resulte difícil.»

En la soledad de su templo pienso, que por muy mala que sea la vida, Nuestra Señora de Piedras Alba se encarga de echarnos esa mano a los que se la pedimos y a los que no. A fin de cuentas, a todos nos cobija bajo su manto.