martes, 2 de junio de 2015

La plaza del pueblo


La plaza domina todo el pueblo.  Cuadrada, se puede acceder por tres lados, el cuarto lo ocupa la encalada fachada del ayuntamiento con tres balcones que se abren hacia ella, donde ondean las banderas y cuelgan tapices en las fiestas.  Paso obligado hacia cualquier dirección, delante de ella  confluyen todas las calles.

A diario, es el lugar de reunión de los jubilados que se sientan al sol de la primavera para calentar sus cansadas y desgastadas articulaciones. También, contemplan el paso de vecinos y de algún forastero perdido que en coches de lujo cruzan el pueblo.

Es tarde de feria. La plaza engalanada se encuentra a rebosar. El alcalde y demás fuerzas vivas –cura, médico, cabo de la guardia civil, boticario y maestro- se sitúan en los balcones debajo del reloj, cuyo campanil da la hora, la mayoría de las veces, a destiempo. Abajo, en el centro, un nutrido grupo de jóvenes, vestidas de largo,  se pasean cual modelos por delante de los vecinos a ritmo de pasodobles. Es la elección de la reina de las fiestas. Unas urnas, colocadas en un rincón, dan a los vecinos la posibilidad de votar, y aunque no cambiará sus vidas, el hecho de poder elegir algo, les imbuye de esperanza democrática; una apertura que ven, todavía, lejana.

Beatriz López, pasada de kilos y ojito derecho del alcalde, sangre de su sangre,  es coronada reina después de un escrutinio secreto en el interior del consistorio. La rodean un par de damas de honor: dos hermosas jóvenes morenas de ojos grandes y tez aceitunada. Una es Leopoldina, hija de don Manuel, el médico, y la otra es Casimira, la benjamina del boticario. Se imponen las bandas y se coronan a las jóvenes elegidas que con manos enguantadas saludan al pueblo desde el balcón capitular. Después, la orquesta, compuesta por cuatro músicos y una vocalista, da comienzo al baile con un pasodoble. Eliminada la vergüenza, los más mayores del lugar, agarran a sus mujeres y evolucionaban sobre el suelo adoquinado de la plaza, recordando tiempos pretéritos.

La gente se dispersa y degustan los trozos de coco o turrón que han comprado en alguno de los puestos ambulantes que rodean la plaza y en los que se vende casi de todo. Los niños corretean con globos atados a la muñeca y todos se saludaban como si no se hubieran visto esa misma mañana.

El año siguiente, el mismo alcalde, esta vez elegido en urnas de verdad, vuelve a coronar reina; no es la misma. Beatriz, del brazo de un guardia civil, pasea a un churumbel en un cochecito. Se comenta que si la preñez fue en las fiestas del año anterior o fue después. En los corrillos se han hecho números comprobando fechas de gestación de aquella criatura sietemesina de cuatro kilos. A pesar de que en esa época, son habituales los nacimientos prematuros de bebé rollizos. Tal vez sea el agua, que no es buena, dice una vecina, que ya le ha pasado una vez,  cuando la fecha de concepción de su Josele coincidió con el tiempo en que su marido fue emigrante en Alemania. Alguien recuerda que Beatriz desapareció del baile con Pablito, el hijo del cabo y volvió con el moño deshecho. Esa plaza en fiesta es un lugar perfecto para lanzar piedras a discreción, aunque las bocas que las lanzan comentan haber oído y nunca reconozcan haber dicho.

Unos años más tarde, otro día de feria, pero con el siglo XX a la chepa de muchos, ya no se coronan reinas. El alcalde republicano tampoco saluda a sus vecinos desde el balcón -eso solo ocurre en periodo electoral- y los jóvenes toman por asalto, la plaza para el botellón. Un pincha discos hace sonar la música a todo volumen. En las casas colindantes, las vitrinas se mueven al compás de la percusión y las cristalerías resuenan en el interior de las mismas. Algunas copas de antiguas dotes han caído sin ni siquiera haber sentido el calor de unos labios.

Después de fiestas, en las tertulias vecinales en el supermercado,  se quejan del ruido. Sobre todo aquellos que  una vez ocuparon la plaza al son de pasodobles y que mirar a un pasado mejor porque el futuro no lo entienden.

Los tiempos cambian, las personas cambian, la plaza permanece inalterable.