martes, 14 de abril de 2015

Flamenco

Bailaor con giro de brazos - Vicente Escudero (1928)
     Miro al cielo oscuro cubierto de una alfombra de rutilantes estrellas. Es el día de San Lorenzo, cuando las perseidas, en su fugaz huida, cruzan la bóveda celestial convirtiendo en realidad nuestros sueños. Tal vez por eso no se cumplen siempre, son demasiado rápidas para que los deseos puedan alcanzarlas.

     Hoy es mi debut en el festival flamenco  que tiene lugar en los jardines del Parque de María Luisa. En el camerino agito los brazos esperando desentumecer los músculos. Salto unas cuantas veces y flexiono las rodillas otras tantas al tiempo que  tomo aire y lo expulso de manera pausada; necesito quitar el peso que me oprime el pecho. Mientras me visto, voy memorizando cada paso, cada movimiento, la esencia de mi actuación. Cierro los ojos y busco en mi interior intentando visualizar los ensayos, que de tanto repetir, se han grabado a fuego en mi cabeza;  nada debe fallar.

     Una vez acabo con mi arreglo me santiguo, encomendándome a aquella que sé que va a echarme un capote,  y me dispongo  a esperar mi entrada en el escenario. Han regado. El aroma a hierba fresca se mezcla con el que desprende un jazmín que sirve como telón de fondo a la tarima donde actúo. A un lado han colocado una reja enmarcada de flores. Por un momento  vuelvo a otro lugar, a otra reja  y a otro tiempo  e imagino a mi morena detrás de ella, abriendo la ventana y lanzando un beso  que atrapo de entre sus largos dedos con solo el roce de los míos; el recuerdo me ha tranquilizado.  La luz de los farolillos y el calor de la noche,  al contacto con la humedad que desprende el césped, forman una bruma ligera que da  una sensación de irrealidad.

      Uno de los técnicos me hace un gesto; ha llegado la hora.  El rasgueo de una guitarra rompe el silencio y yo avanzo hasta el centro del escenario. Cabeza alta, mirada al frente, cuerpo rígido y botas firmemente asentadas, a la espera del sonido de una voz  que me ponga en movimiento. Me abstraigo de todo lo exterior y me meto en un mundo solo de sensaciones. Cierro todos los sentidos, excepto el del oído, y abro mi corazón; es lo único que necesito para comenzar.

     Oigo el eco quejumbroso y desgarrado del cantaor que llora su amor perdido. Mis pies lloran con él, se dejan llevar por esa emoción y se mueven solos. El taconeo enfadado ante el desprecio; más pausado por la soledad  o el desplante; un repiqueteo alegre por una sonrisa. Me olvido  de todo lo ensayado y mis  sentimientos salen a través de mis botas  y me arrastran.

     Cuando termino, y los ecos de las guitarras quedan en silencio, me detengo; pero mi pena continúa. Esta noche se me han olvidado los pasos tantas veces ensayados; bailé solo para mi morena, que ya no es mía. Miro al cielo al recibir los aplausos de los asistentes. Devuélvemela, le pido a una estrella, que veloz cruza el firmamento. Rezo. Le rezo a ella, a mi mujer: "Gracias, por todos esos momento que me diste y perdón por no haber pensado que tu vida podía ser tan corta."