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Lágrimas a solas.

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La vio entre el público: Coleta larga y morena que se movía cada vez que volvía la cabeza, mirando de un lado a otro  de la carpa; sonrisa blanca y expresiva y ojos negros y grandes, hipnotizados  por aquel lema que pregonaba el jefe de pista: el más difícil todavía. Fieros leones amansados por un domador, aún más fiero; los ases del vuelo, capaces de dobles y triples mortales en el aire, antes de aterrizar en los brazos del portador; malabaristas que conseguían girar toda una vajilla sobre finos palos y los payasos, una troupe de graciosos saltimbanquis que deleitaban con sus travesuras a los pequeños.

En pos de una estrella

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Santos Reyes- Arnaldo Maas      Llevaban meses cabalgando. De calurosos desiertos habían pasado a las frías estepas. Cruzaron mares, ciudades enormes y pueblos pequeños, y su destino aún no aparecía en el horizonte. Eran tres hombres, y uno de ellos portaba un sextante que consultaba de vez en cuando.      —Debemos seguir esa estrella —señalaba Melchor en las noches claras—. Es la que nos guiará en nuestra búsqueda.      Aquella madrugada, las monturas estaban cansadas y el polvo del camino se hallaba incrustado en cada pliegue de sus cuarteados rostros.      —Melchor, ¿estás seguro de que sabes dónde vamos? —Baltasar se estaba impacientando. El sueño que había tenido su hermano mayor y por el que él y Gaspar, su amigo, se habían puesto en camino, podía no ser más que eso, un sueño.      —Sé adónde vamos, tranquilo Baltasar. —Acababan de entrar en una pequeña aldea y la noche era fría—. Hagamos un alto. ...

Tardes de costura.

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—Catherine no había oído a Heathcliff.  Teresa levantó el pie del pedal de la máquina de coser y sobrecogida esperó casi sin respirar. —No le temo. ­¡Traiga la llave! ¡No comeré aquí aunque me muera de hambre! —Acaban de escuchar el capítulo 127 de  la novela radiofónica Cumbres Borrascosas, adaptación de Sautier Casaseca. En las voces de Juana Ginzo y Fernando Dicenta. Novela patrocinada por Fundador, el coñac de siempre. De Domecq. Con un suspiro, Teresa  volvió a la costura y a soñar con Heathcliff que la enamoraba con cada palabra. Nunca se le ocurrió pensar que era, una mujer, Emily Brontë, la que le robaba el corazón cada tarde .

Arthur el Lobo

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Marina -  Ivanenko Mikhail Alexandrovich,  La joven Elisabeth Trenton, hija del fallecido Lord Trenton y Lady Margaret FitzPatrich, condesa de Devonshire, miraba el paisaje que se divisaba desde la ventana de su habitación. Sobre el escritorio de teca se encontraba un blanco pergamino lleno de sentimientos e información, dispuesto para ser enviado. Las lágrimas corrían por su mejilla sin que ella hiciera nada por detenerlas. Indecisa, miró de nuevo la carta . ¿Debería mandarla y poner en peligro a su marido?, se preguntó una vez más.  *****

Papas con Codornices.

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Guillermo Silveira García - Huerto. Aquella mañana, bien temprano, me encaminé al huerto. Con el azadón al hombro pensaba en el menú de aquel día. Debía ser algo rápido,  ya que otras tareas requerían mi atención. Llegué temprano, el sol aún se desperezaba y el  rocío mantenía la tierra húmeda para favorecer mi trabajo. Me agaché y  fui dejando al descubierto los hermosos tubérculos que la Naturaleza me había ofrecido como agradecimiento a mis desvelos, un manjar de dioses que trajeron los conquistadores; mucho mejor que el oro. Durante algunos meses  había mimado mis patatas, desde su inseminación en el útero de la madre Tierra. Allí, en el interior, a su abrigo, habían madurado y ahora estaban listas para ser objeto de deseo en la mesa y hacernos pecar de gula. Después de limpiarlas bien, las metí en una talega y me acerqué al surco donde se encontraban las anaranjadas zanahorias cuyo pináculo verde sobresalía por encima de la superficie, avisándome de que ...

El milagro de la Navidad.

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          El niño lloraba entre la paja y su madre lo cogió para amamantarlo. José soltó la vara y se sentó, restregándose los pies cansados. El rebaño de ovejas fue recogido en el aprisco y los pastores, arrimados a la lumbre, calentaban las migas  y charlaban sobre la escasez de los pastos aquel año. Las lavanderas descansando a la orilla del río, chismorrean sobre lo caro que está todo.  Los Reyes entraron en la posada exigiendo la cena y  las llaves de sus habitaciones  El ángel plegó las alas y se durmió entre las algodonosas nubes.            —Por fin —dijo un hombre subiéndose los calzones—se me estaba quedando el culo tieso.      Los belenes cobran vida  en cuanto los humanos aletargan las suyas.   

Dad y os será devuelto...

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No me quedaba mucho y debía redactar un testamento, porque sabía que si no dejaba todo bien atado mis  cuatro criaturas dejarían de ser humanas y se convertirían en alimañas que se enzarzarían en disputas eternas, sobre quién se lleva qué. Víctor, el mayor de mis hijos con veintiocho años. Soltero de nacimiento, era un ser insociable al que pocas veces se le había visto en compañía de amigos o novias. A pesar de su tan cacareada libertad, sabía que la soledad en la que vivía estaba más cerca de la imposición que de la elección. Sonia, soñadora y con un año menos, fue lo que mi mujer y yo llamamos error de cálculo. Reflexiva  y desprendida, la engañaban siempre. Todo lo que pusiera en sus manos, seguro que acabaría en las de otros. No tenía ni idea de cómo eran las personas. Enriqueta era la tercera, con veinticinco abriles. Ella sí que sabía vivir bien. Tenía una frase favorita que la definía muy bien: “A mí no me gustan los problemas: ni los míos ni  los ...